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IDEAS

Ryan Gosling, en un fotograma de ’First Man (El primer hombre)’

La conquista del espacio desde lo íntimo

Desirée De Fez

La conquista del espacio desde lo íntimo, en concreto desde el duelo. Me llama mucho la atención que algunas de las películas de ciencia-ficción más importantes de los últimos años tengan ese planteamiento. Sucede por ejemplo en Gravity (2013), de Alfonso Cuarón. O en La llegada (2016), de Denis Villeneuve. Y, aunque no es una película canónica de ciencia ficción al recrear un suceso real, sucede también en First Man (El primer hombre) (2018), el filme de Damien Chazelle sobre Neil Armstrong y su viaje a la Luna (estreno el 11 de octubre).

Como hicieran Cuarón y Villeneuve, el director de La La Land (2016) explora en su nueva y extraordinaria película lo inmenso, lo desconocido, desde lo íntimo, lo personal, lo emocional. En concreto, desde la imposibilidad de Armstrong de seguir con su vida tras perder a una hija. Y, como a sus colegas, a Chazelle no le importa tanto la épica de la misión espacial (algo significativo en su caso porque aborda un orgulloso capítulo de la historia de Estados Unidos) como el proceso interior de la persona que la emprende.

Se trata de un proceso durísimo que casualmente (o quizá no, de ahí esta columna) parte en todas estas películas de una de las cosas más dolorosas, quizá la que más, que le pueden pasar al ser humano: perder para siempre a una persona querida. Entiéndanme, no hablo de películas que usen efectismos melodramáticos puntuales y/o tramposos para tocar la fibra. Hablo de películas en las que esa tristeza, ese luto, esa incapacidad de encontrarle sentido a la existencia se convierten en el motor del relato y lo invaden todo, incluso el tratamiento visual de la historia (por otro lado, puro Terrence Malick, cuyo acercamiento a las relaciones afectivas, sentimentales y familiares, ha determinado formal y estéticamente el cine del siglo XXI). No sé si hay una respuesta exacta a esta tendencia (si es que se puede hablar de tendencia). Seguro que hay muchas, de las más profundas a las más industriales. Pero, a riesgo de sonar cursi, me gusta creer que el cine combate así, con esas historias más humanas que heroicas, la insensibilización general, la sensación de que todo nos da lo mismo.