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DOS MIRADAS

Mis amigos se sobresaltaron, no podían entender cómo los socialistas accedían a las pretensiones de García Albiol

Hace unos días, unos amigos de Badalona me descubrieron una ciudad que no conocía. Confieso que solo tenía una idea vaga y relacionada con descampados, industrias, las grandes superficies comerciales o el baloncesto. Me enseñaron Dalt la Vila, por ejemplo, con calles estrechas y plazas escondidas (estaban preparando las alfombras del Corpus), o un callejón sin salida donde una mujer nos regaló un tiesto de 'micaquer', el árbol que en otros lugares se conoce como níspero. También el 'tornem-hi' (o 'tornemi'), el dulce que se conoce como 'xuixo'. O las Corominas, unas patatas fritas que, en Badalona, ​​funcionan como una especie de metonimia en forma de aperitivo.

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Con todo esto, quiero decir que encontré un pueblo: con un vocabulario particular, una manera propia de relacionarse, de ser comunidad, en el entorno de la plaza de la Font, paseando por la calle de Mar o por la Rambla, cerca de la vía, o adentrándose en el Pont del Petroli, aquella estructura que tanto evoca la antigua fachada litoral industrial como recuerda un paisaje de Hooper, con veleros al fondo.

De repente, mientras pasábamos por delante del señor mono de bronce del Anís del Mono, estalló la bomba de la moción de censura contra Dolors Sabater. Mis amigos se sobresaltaron. No podían entender cómo los socialistas que acababan de tumbar a Rajoy accedían a las pretensiones de un García Albiol que se esforzaba por volver a mandar. Se hacía de noche. Al fondo, se sentía el bramido del Primavera Sound.

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