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ANÁLISIS

El presidente de la Generalitat, Quim Torra, y el del Parlament, Roger Torrent, reciben el aplauso de los nuevos consellers. 

Toni Albir

Una ventana abierta

Josep Martí Blanch

Pedro Sánchez no va a contentar al independentismo, aunque sí puede ayudar a serenar el ambiente

Una ventana abierta. Nada más, pero nada menos. Ventilar la habitación. Eso es lo que significa la llegada de Pedro Sánchez a la Moncloa y el adiós de Mariano Rajoy para el soberanismo. Poco, dirán algunos. Nada, corregirán otros. Muchísimo, pensarán los que consideren que ya resultaba imposible respirar. Una ventana abierta es lo que es, pero conviene recordar que la vida, invocada por Quim Torra en los dos discursos de su sesión de investidura, despierta con los pulmones. Aire.

Como en un juego de espejos, casi a la misma hora que Pedro Sánchez prometía ante el Rey su cargo, en el Palau de la Generalitat se procedía al acto de toma de posesión del nuevo gobierno de Quim Torra. El primero fue un acto fugaz, extremadamente protocolario. Solemnidad real, solemnidad de estado. Solo la ausencia de crucifijo, convenientemente publicitada por el equipo del nuevo inquilino de la Moncloa, añadía un componente ideológico al trámite de prometer ante el Rey. El Estado es el Estado, gobierne quien gobierne.

El segundo fue la escenificación de la excepcionalidad. Nada que ver con anteriores tomas de posesión. Se cedió el protagonismo a los familiares de presos y exiliados y los abrazos, lágrimas y demás elementos iconográficos presentes el salón Sant Jordi fueron un recordatorio constante de la anormalidad en la que está instalada la Generalitat, y toda Catalunya, desde los hechos de octubre.

¿Y ahora? Anda todo el mundo intentando adivinar el futuro, aunque nadie fue capaz de ni tan siquiera intuir que Pedro Sánchez llegaría a la Moncloa una semana después que Mariano Rajoy aprobara sus presupuestos. Así que, digámoslo claro, nadie sabe nada y el nadie incluye, lo crean o no, a los propios protagonistas, no solo a quienes les observamos, describimos y juzgamos.

Pero aventuremos un escenario plausible. Pedro Sánchez no va a contentar al independentismo, aunque sí puede ayudar a serenar el ambiente con menos artillería dialéctica y una predisposición mayor a la gestualidad política. Se reunirá con Quim Torra, hablará de problema político que hay que resolver dentro de la Constitución y el Estatut, nombrará un nuevo fiscal general que puede fijar criterios de acusación distintos a los que impuso el PP y buscará algunas complicidades en la agenda social. ¿República? ¿Referéndum? ¿Restitución del Govern que el 155 se llevó por delante? Por ahí nada de nada. Y nada es nada.

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Por parte soberanista esto va a saber a poco, naturalmente. Pero aun así, quizá se hagan esfuerzos para aprovechar la ventana abierta para que los pulmones de la política arranquen de nuevo a la vida. El PDECat de Marta Pascal y la ERC de Junqueras así lo desean. Simbolismo republicano y trabajo diario autonómico.

Este sábado, los partidarios del cuanto peor, mejor, PP, Cs y CUP no pisaron el salón Sant Jordi. No es una mala noticia. Abrir la ventana era importante, que abandonen la habitación algunos actores, imprescindible.

Quizá haya vuelto la política, o quizá solo estemos ante un tiempo muerto. En ambos casos, ahora que hay aire nuevo, respiremos. Lo merecemos. Todos.

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