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EDITORIAL

El gran reto del presidente Sánchez

El líder del PSOE afronta la tarea de gobernar en minoría, obligado a pactos a múltiples bandas

Sánchez, tras la votación del Congreso.

Sánchez, tras la votación del Congreso. / PIERRE-PHILIPPE MARCOU

Pedro Sánchez tomará posesión este sábado como presidente del Gobierno tras ser el primer candidato desde la restauración de la democracia capaz de imponerse en una moción de censura. Sánchez llega al poder de forma inesperada para muchos, sustentado por un grupo parlamentario formado por tan solo 84 diputados y apoyado por una amalgama de partidos (Unidos Podemos, ERC, PDECat, PNV, Compromís, EH Bildu y Nueva Canarias) que no le garantizan la gobernabilidad. Además, deberá afrontar una dura oposición en el Parlamento (PP y Ciudadanos ya han mostrado en los debates de la moción cuál será su actitud), en su propio partido (la pugna interna con Susana Díaz y otros barones está lejos de haberse zanjado) y mediática (en los diarios de Madrid hacía tiempo que una figura no generaba tanta animadversión, por diferentes motivos). Sánchez, pues, tiene ante sí una ingente tarea, marcada además por su promesa de convocar elecciones pronto y su decisión, para lograr los votos del PNV, de mantener los Presupuestos diseñados por el PP y Ciudadanos. 

Pero la primera piedra de su trabajo como presidente del Gobierno ya está puesta: devolver honorabilidad e ímpetu a la presidencia después de que los escándalos de corrupción mancharan irremediablemente al PP y al ya expresidente Mariano Rajoy. Ya antes de la sentencia de la Gürtel el Ejecutivo de Rajoy era una cáscara de nuez vacía, zarandeado en la calle (las manifestaciones de jubilados y de mujeres), sin apenas pulso legislativo, acogotado por los escándalos de corrupción y preso en Catalunya de su propia estrategia de judicialización de un conflicto político. Más que gobernar, Rajoy administraba los tiempos.

Sánchez debe, pues, gobernar, porque tan solo esto supondría un cambio respecto el pulso mortecino de esta legislatura. Gobernar, a pesar de los problemas objetivos que tiene por delante: muchos socios con los que pactar, la Mesa del Parlamento y el Senado en manos de la oposición, y mucho trabajo por hacer en muy poco tiempo.  La CEOE ya le ha pedido que mantenga la reforma laboral, y los sindicatos le exigen justo lo contrario:  revertir los efectos más perniciosos de esta legislación del PP, lograr en definitiva que la recuperación económica llegue a todos y reducir la creciente brecha de desigualdad. La lista de deberes es larga en el terreno económico (incluye reactivar el Pacto de Toledo para poner en marcha una reforma integral del sistema de pensiones, no tan solo parches), el social (luchar contra la lacra machista en todos los ámbitos de la sociedad, volver a universalizar la sanidad), el de las libertades y derechos (acabar con la ley mordaza) y el eminentemente político (reactivar la ley de memoria histórica).

Este giro social, esta voluntad de desactivar algunas de las leyes más retrógradas de la etapa Rajoy, forma parte de las promesas de Sánchez. Lograr llevarlo a cabo requerirá una cintura inédita en la cultura política española, ya que el experimento Sánchez (un presidente del Gobierno en minoría que necesita pactos a múltiples bandas) es inédito en un país en que, demasiado a menudo, pactar es concebido como una derrota. Ya hoy la derecha habla de forma despectiva de un Gobierno Frankenstein. Sin olvidar las dificultades, la increíble biografía política de Sánchez obliga a darle un voto de confianza: ha demostrado ser capaz de maniobrar en situaciones muy adversas.

Uno de los motivos por los que Sánchez genera tanta animadversión es porque los votos de los independentistas catalanes lo han aupado a la Moncloa. El calendario ha querido que la toma de posesión de Sánchez coincida con la del nuevo Govern de la Generalitat y, por tanto, con el fin de la aplicación del artículo 155 de la Constitución. Sánchez ha tenido palabras muy duras para el 'president', Quim Torra, y el mismo Rajoy elogió su lealtad en la aplicación del artículo 155. Su postura frente al independentismo es, pues, conocida. Pero aunque no hiciera referencia a ello en el debate de la moción, Sánchez cree en la plurinacionalidad de España y en la reforma de la Constitución. Hay margen, dentro del marco constitucional y estatutario, para enterrar el inmovilismo y la negación de la política que propugnaba Rajoy hacia Catalunya y alumbrar una nueva etapa con la que encarar el grave conflicto institucional. Ese es otro de los grandes deberes de Sánchez, aunque en esta tarea también tienen trabajo los partidos catalanes.