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Un movimiento de tranformación social

Los tres retos del feminismo

Marçal Sintes

La causa de las mujeres es de todas, piensen como piensen y pertenezcan a la clase social que pertenezcan

Confieso, de entrada, que lo he pensado mucho antes de comenzar estas líneas sobre la mujer y el feminismo. En este debate a menudo interviene menos la razón que las emociones. Está empapado de una susceptibilidad muy alta, motivos por los que abundan los malos entendidos y las interpretaciones desajustadas. Con todo, dado que considero que el asunto no se puede eludir ni escatimar, me he decidido a desgranar algunas reflexiones.

La mujer y sus derechos han entrado con ímpetu en la agenda pública. Lo ha hecho especialmente con relación a tres tipos de ámbitos: el de la violencia doméstica, el de la violencia sexual -con  'La manada' como epítome- y el laboral -la diferencia de sueldo respecto a los hombres que ocupan posiciones equiparables; el acceso de las mujeres a las cúpulas empresariales.

Resulta una magnífica noticia que la sociedad -la manifestación del 8-M fue una gran demostración- haya empezado a poner estas y otras cuestiones sobre la mesa. La presión tiene que hacer que las instituciones se ocupen seriamente y, a pesar de ser más complicado y lento, que las mentalidades sigan cambiando y, por tanto, también los comportamientos.

Un proceso complejo

Comprendo a las mujeres que tienen prisa y quieren, exigen, que este cambio se produzca de inmediato. Les diría, sin embargo, que transformar la manera de pensar y hacer de una sociedad es algo complejo. Y que, si se fijan, verán que los cambios experimentados en las sociedades europea y occidental en cuanto al rol de la mujer son enormes. Y en no tanto tiempo. Dos ejemplos: cuando mi abuela cumplió los 18 años, en 1931, aún no tenía derecho a voto. En 1953, cuando mi madre tenía 18 años, ni a ella ni a ninguna de sus amigas se les ocurrió estudiar en la universidad. Entonces era una idea casi extravagante.

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Me satisface observar que la conciencia de que las mujeres viven situaciones injustas que hay que revertir es intergeneracional. No es solo cosa de las jóvenes. Aunque puede que no vayan a las manifestaciones, muchas de mediana edad y muchas abuelas -más de las que se piensa- tienen claro, lo expresen como lo expresen, que hay que acabar con la discriminación. Las mujeres de la generación del 'baby-boom' y del Mayo del 68 pronto habrán entrado en la tercera edad. Esto consolidará el cambio en esta dimensión.

La igualdad de derechos y oportunidades de la mujer es buena para todos, mujeres y hombres

Las mayores dificultades para que la causa de las mujeres sea realmente hegemónica, en términos 'gramscianos', las detecto en dos otros ámbitos. Son obstáculos, retos, que emplazan al movimiento feminista. El primero tiene que ver con la ideología y la clase. La causa de las mujeres lo es de todas, piensen como piensen y pertenezcan a la clase social que pertenezcan. Veo con inquietud, sin embargo, que buena parte de los liderazgos más influyentes cultivan un feminismo radicalmente de izquierdas, claramente injertado en el posmarxismo. Este pensamiento vincula la causa de la mujer a la lucha de clases, convirtiéndola en una pieza más del puzle marxista.

Lo percibo como una equivocación, un grave error estratégico, porque identificar el feminismo -que entiendo como la lucha por la igualdad real de derechos y oportunidades- con planteamientos marxistas actúa como una severa barrera para muchas mujeres, la inmensa mayoría, que no son marxistas. Para fortalecerse, el feminismo debería ser capaz de acoger todas las ideologías y clases sociales. La preponderancia -al menos aparente- de una determinada corriente no ayuda el feminismo ni, por extensión, a las mujeres.

Beligerancia contra los hombres

El otro reto es, quizá, el más difícil. Parto de las siguientes premisas. Primera, la igualdad de derechos y oportunidades de la mujer es buena para todos, mujeres y hombres. Segunda: por tanto, los hombres deben formar parte de la transformación social que el feminismo reclama. Parece lógico, en consecuencia, que se haga todo lo posible para que los hombres se sumen. Esto significa evitar que los hombres perciban, con o sin razón, que existe beligerancia contra ellos. Hay una parte del feminismo -quiero pensar que pequeña- que no lo tiene en cuenta.

No es aceptable, desde este punto de vista, que alguien -lo he oído yo mismo- sentencie que "los hombres son violadores por naturaleza". O afirmaciones más sutiles, que se repiten porque han convertido mantras políticamente correctos. Ejemplos: "El futuro es de las mujeres" o "las niñas son más inteligentes que los niños". Puede parecer inocente, pero no lo es. Cambiemos por un instante el sexo: "el futuro es de los hombres", "los niños son más inteligentes que las niñas". ¿Cómo suena?

El feminismo necesita convencer a los hombres de que ellos participen también. No es buena idea, todo lo contrario, caracterizarlos como el obstáculo o enemigo. Ni situarlos al margen, ajenos a un esfuerzo que debe convertir en mejores nuestras sociedades. Y en mejores también a todos nosotros. Mujeres y hombres, personas, en definitiva.

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