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ANÉCDOTAS SOBRE EL ASFALTO

Los conductores aficionados a la cháchara filosófica, al consejo no solicitado, al alegato político o a la intimidad revelada... siempre son ellos

Antes de comenzar estas líneas me pregunto cuántos artículos se habrán escrito sobre taxistas. Pienso también en lo hartos que estarán los taxistas de leer artículos sobre taxistas. Aunque lo trillado de un tema nunca es motivo para alejarse de él. Me digo: yo nunca he escrito un artículo sobre taxistas. Y eso que he conocido a centenares. Así, pues, me dispongo a escribir mi artículo sobre taxistas.

Pues bien, esto empieza un día de principios de mayo cuando tomo un taxi en la plaza de John Fitzgerald Kennedy y le pido al conductor que me lleve a cierta calle de la Dreta de l'Eixample. Busco en los mapas de mi teléfono un restaurante de mi agrado en la zona a la que me dirijo. Hay diversas posibilidades: un vietnamita, un italiano, un gallego, un japonés… Despliego la opción de este último. En las fotografías, los makis y uramakis me parecen satisfactorios. Le indico al taxista la dirección del restaurante y frunce el ceño. "¿Japonés? ¿Estás segura?", pregunta, antes de añadir: "Yo iría mejor a un gallego que hay enfrente, donde preparan un pulpo muy rico". Insisto en lo del japonés. El taxista desaprueba mi elección. Insiste en el gallego. Le digo que prefiero el japonés. Parece disgustado. Le digo que he leído buenos comentarios del restaurante japonés en internet. "¡Uy!", se lleva las manos a la cabeza el taxista, "¡esas páginas son horribles! ¡A mí me amargaron la noche de Fin de Año! Escogí un restaurante que tenía muy buenos comentarios y resultó ser un fiasco", dice. Cuando llegamos a la esquina donde un gran pulpo sirve de reclamo al restaurante gallego, lo señala. "¿Seguro que no quieres cambiar de idea?". "Seguro", insisto, cabezota, "me encanta el japonés". Pero el taxista también tiene una réplica que dar a un argumento que yo pensaba irrebatible. "Piensa en el anisakis", me dice, y a continuación me informa del precio de la carrera.

Me divierte la gente que presume de sus destrezas sexuales. Para un novelista, esto es material de primera

El japonés que he elegido con tanto empeño era una mala opción. La presentación de los platos es un desastre. Nada parece muy fresco. El servicio es rudo y desatento. El baño del restaurante está asqueroso. No tomo café ni postre. Me acuerdo todo el rato del taxista. También del pulpo del gallego de la esquina. Y también del anisakis, maldita sea. Abro la página de recomendaciones y escribo un comentario demoledor sobre la mala experiencia que acabo de vivir. Espero que quien la lea me tome en serio.

La segunda parte de esta historia tiene por protagonista a Yamir, un taxista de origen indio que conocí hará unos ocho meses. Le pedí que me llevara a un lugar que quedaba a unos 40 minutos. Nunca pensé que esos 40 minutos darían para tanto. Era un chico risueño y amable. Nada más montarme me ofreció su tarifa especial para el aeropuerto. Me pareció interesante y contraté sus servicios para dos días más tarde. Me pidió mi teléfono para poder escribirme por Whatsapp. El resto del camino lo empleó en contarme su vida: llegó a Nueva York ocho años antes y allí conoció a una chica de su país que gustaba mucho a sus padres. Era muy bonita pero también muy tradicional. La dejó porque él no deseaba perpetuar las tradiciones de su país. Por eso ahora buscaba una novia americana o europea. Sus padres le conminaban a casarse porque tenía ya 30 años. Llegado a este punto, inició una especie de autoloa sobre el progresismo de sus ideas y sus extraordinarias dotes en la cama. Me divierte la gente que presume de sus destrezas sexuales, así que le escuché con atención. Para un novelista, esto es material de primera.

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Al terminar la carrera quedamos para la ruta hasta el aeropuerto y nos despedimos. Mi sorpresa fue que apenas media hora después estaba enviándome mensajes para preguntarme qué tal me iba la mañana, si no me sentía muy sola en Nueva York o dónde pensaba almorzar. Esa noche me deseó dulces sueños. Al día siguiente me dio los buenos días, me dijo que había estado pensando mucho en mí y me preguntó qué pensaba hacer. Como única respuesta, yo anulé mi viaje al aeropuerto. Por supuesto, me pidió explicaciones y yo me negué a dárselas. Continuó escribiéndome hasta la hora de mi marcha y aún seguía haciéndolo una semana más tarde. Era muy raro estar en casa y recibir mensajes de Yamir preguntándome qué estaba haciendo y cómo me iba la vida. Tardó muchos días en cansarse de mi silencio.

Es curioso. Todas mis historias estrafalarias con taxista -tengo muchas más- tienen en común que los conductores eran hombres. Los aficionados a la cháchara filosófica, al consejo no solicitado, al alegato político -un subgrupo en alza- o a la intimidad revelada… siempre son ellos. Las mujeres taxistas con las que he tropezado en mi vida eran muy eficaces y muy poco parlanchinas. Si fuera por ellas, ahora que lo pienso, nunca habría tenido material para escribir este artículo.

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