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Cuidar la educación superior

Ester Oliveras

Repartir recursos económicos magros conlleva una homogeneización a la baja del sistema universitario

Que Pablo Casado afirme que tiene un máster de Harvard después de un curso de cuatro días es un ejemplo de maquillaje de currículo que recae sobre la ética y la integridad del político. Que Cifuentes tenga un título de máster sin haber cumplido los requisitos desprestigia la institución que lo ha emitido y perjudica a sus estudiantes. La renuncia a este título es una solución parche que no debería satisfacer ni a los políticos ni a la institución. Habría que llegar al fondo y depurar responsabilidades. Por suerte, esta picaresca indica que tener títulos académicos todavía es un activo valioso y que la acreditación que representan no se puede sustituir tanto fácilmente por las recomendaciones o evaluaciones en redes sociales, aunque algunas voces apunten en esta dirección.

En algunos países, determinadas universidades se erigen como productoras de líderes políticos o científicos. En el Reino Unido, por ejemplo, 27 de sus primeros ministros han pasado por Oxford y 14 por Cambridge. Previamente, estos líderes también suelen asistir a escuelas de élite como Eton College, donde estudiaron el príncipe Charles o David Cameron. Por descontado, este tipo de formación no está al alcance de todas las familias.

Mismas oportunidades

En nuestro entorno, aunque es habitual encontrar políticos que provienen del mundo académico, no hay ninguna institución que destaque tan marcadamente como productora de líderes. Tenemos un ecosistema que trabaja por ser el más igualitario posible, en el que todas las personas tengan las mismas oportunidades independientemente de los recursos o formación de la familia de origen. Aunque puede sonar a utopía, si nos comparamos con los sistemas educativos de otros países, podemos estar bastante satisfechos. Pero para que este sistema continúe funcionando hay que contar con una buena financiación para las universidades, y esto no está pasado.

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Aunque la Unión Europea fija un objetivo de gasto en educación superior del 2% del PIB, esta fue del 0,8% en el 2016. En referencia a la investigación y el desarrollo, la inversión fue del 1,2% cuando la cifra recomendada es del 3% del PIB. Por lo tanto, nos encontramos en un contexto de baja inversión, repartida de manera muy igualitaria entre todas las universidades y con el encargo de que todas realicen docencia e investigación de calidad.

Intensidad en investigación

Mientras que en EEUU las universidades se segregan según su intensidad en investigación -de más de 3.000 universidades, tan solo unas 200 son intensivas en investigación, y muchas se posicionan solo en un modelo docente de calidad-, en nuestro país todas las instituciones deben justificar que hacen de todo con una inversión insuficiente.

El dilema se podría resumir de la siguiente manera. Por un lado, repartir recursos económicos magros conlleva una homogeneización a la baja del sistema universitario. Por otro, una segmentación de las universidades con financiación más variable incrementaría la concentración geográfica de los estudios y crearía disparidades a las que no estamos acostumbrados. Lo ideal, ya lo sabemos, son suficientes recursos para todo; pero en un contexto donde esto no se vislumbra, hay que elegir.

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