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LA CLAVE

Roger Torrent lee la declaración en la que pidió «un frente unitario» por la democracia, ayer, en un acto en el Parlament.

REUTERS

'Game over': política frente a la barbarie

Enric Hernàndez

El independentismo afronta un dilema similar al de otoño: o el mal menor, un frente catalanista que renuncie a la unilateralidad, o el cuanto peor mejor de una investidura ilegal de Puigdemont que encienda las calles

La captura de Carles Puigdemont en Alemania, la huida a Suiza de Marta Rovirael procesamiento de 25 políticos independentistas y el encarcelamiento de cinco de ellos completan el triste corolario de un proyecto unilateral de ruptura que, definitivamente, ya no da más de sí. La política y la justicia españolas han cerrado todas las puertas. La todopoderosa Alemania ha prestado cobertura internacional, al menos momentáneamente, a la euroorden del Tribunal Supremo contra el ‘expresident’. La CUP ha roto la baraja al tumbar al candidato Jordi Turull y anunciar que pasa a la oposición. ‘Game over’.

Huérfano el movimiento independentista de la firme tutela de antaño, debido al descabezamiento y desorientación de los partidos y entidades independentistas, el fantasma de la violencia ha asomado, ahora sí, en las protestas del viernes y de este domingo. La oleada de indignación, comprensible en quienes fueron convencidos por sus líderes de que la secesión sería inmediata y sin costes, amenaza el bien más preciado del ‘procés’: su civismo. Si la jerarquía soberanista no es capaz de embridar a sus bases, el estallido social acarreará temibles consecuencias.

Los posconvergentes de Junts per Catalunya y ERC afrontan su dilema más grave desde el 1-O, cuando despreciaron el mal menor --adelantar las elecciones— y optaron por el cuanto peor, mejor: declaración unilateral de independencia (DUI), 155 y una inmisericorde ofensiva judicial. Hoy la disyuntiva es semejante: dejarse arrastrar de nuevo por los partidarios de la respuesta insurreccional, por ejemplo invistiendo ilegalmente a Puigdemont en el Parlament e incendiando las calles, o llamar a la calma y restituir cuanto antes las instituciones catalanas.

Cobra importancia, en este contexto, la apuesta del presidente del Parlament, Roger Torrent, por “un frente democrático en defensa de la democracia y los derechos fundamentales", llamada ya atendida por Catalunya en Comú. Para evitar males mayores, la alternativa más sensata sería que el independentismo negociara un programa de mínimos con los ‘comuns’, e incluso con el PSC, a cambio de su abstención en la investidura. Un frente catalanista para formar Govern, levantar el 155 y pacificar la política y la sociedad catalanas, previa renuncia expresa del independentismo a la unilateralidad y la ilegalidad, tan estériles como dañinas.

ESCENARIO DE DISTENSIÓN

Romper desde un catalanismo transversal la tóxica dinámica de bloques y bloqueos es el mensaje más potente que Catalunya puede dirigir al Estado, que en justa correspondencia debería abonar un escenario de distensión: primero, acercando a Catalunya a los políticos presos; después, procurando su paulatina excarcelación; y en tercer lugar, abriendo el diálogo con quien presida la restituida Generalitat.

Hoy el Gobierno no gobierna la crisis catalana. Pudo hacerlo Mariano Rajoy ejerciendo el arte de la política, pero confió la tarea a los jueces y ahora ni siquiera ha sido capaz de liberar a Joaquim Forn, fiscal general mediante. Si no comparece pronto la política, tarde o temprano aparecerá la barbarie.