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CIENCIA

¿Pagamos poco por los alimentos?

Pere Puigdomènech

Nuestra sociedad exige que, sea cual sea el tipo de producto alimenticio que se nos ofrezca, podamos consumir sin preocuparnos de su seguridad

Comer y beber son primeras necesidades sin las cuales no se puede vivir. Este hecho tiene como consecuencia que proporcionar comida a sus miembros haya sido siempre una prioridad para todas las sociedades humanas. En las sociedades avanzadas se ha hecho con un éxito evidente. Basta pasearse por un mercado o una tienda de alimentación para comprobarlo. Y para una mayoría de nuestros conciudadanos, en términos generales, estos alimentos se nos ofrecen a precios asequibles. Hay voces que dicen que quizá los precios que tienen son demasiado bajos. Es lo contrario de lo que había sido intentado hasta ahora.

En el curso de las transformaciones sociales que se iniciaron en el siglo XVIII, en lo que conocemos como la revolución industrial, la población humana iba creciendo y concentrándose en las ciudades. Algunos pensadores como Thomas Malthus escribieron que sería imposible producir alimentos para toda aquella población. Doscientos años después debemos concluir que estas predicciones han fallado. La población ha ido creciendo, pero la producción de alimentos ha crecido de forma aún más rápida y estos se han ido haciendo más abordables. Ha sido calculado que hace un siglo las familias gastaban en Europa alrededor del 80% de sus ingresos en comida y en la actualidad gastan menos del 20%.

Producción más eficiente

Las razones de este éxito hay que buscarlas en una producción de alimentos más eficiente desde el agricultor hasta la distribución gracias a la introducción de tecnologías de todo tipo y en un comercio mundial que se ha ido desarrollando sin barreras geográficas ni fiscales. El hecho es que en los países europeos, por ejemplo, la proporción de agricultores y ganaderos que hace un siglo eran la mayoría de la población, representan ahora menos del 5% de la población y esta es una tendencia casi universal.

Pero esta situación presenta aspectos aparentemente contradictorios. Por un lado el acceso a la comida no está asegurado por todos. Aunque hay cientos de millones de personas que no pueden comer adecuadamente e incluso en Catalunya casa se calcula que un 25% de la población no puede permitirse una buena alimentación. Por otra parte los ingresos del campesinado en muchos países europeos está disminuyendo lo que lleva a que el trabajo agrícola no sea atractivo para los jóvenes y que se sigan abandonando propiedades rurales. Por lo tanto la producción se está concentrando en grandes propiedades y en países donde los costes son inferiores. Al mismo tiempo los productos alimenticios llegan al consumidor más elaborados y mayoritariamente gracias a una industria alimentaria potente.

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Una solución que hemos encontrado en Europa es subvencionar la producción agraria. La Política Agraria Común es el gasto más importante que hace la Unión Europea que justificamos con el argumento de que la agricultura y la ganadería son también esenciales para los equilibrios del territorio y del medio ambiente. Sin dinero europeo la situación de agricultores y ganaderos aún sería mucho peor. Otra solución es promocionar la producción de alimentos que tienen un valor añadido mayor. Por eso hay etiquetas como la indicación geográfica protegida, la producción tradicional o la agricultura ecológica.

Un dilema complejo

El consumidor acepta pagar más cuando se le garantiza que el alimento ha sido producido en algún lugar o de alguna manera que valora o porque le aporta algún suplemento de calidad. Demostrativo de esta tendencia es la importancia que damos a la gastronomía y hoy estamos dispuestos a pagar cifras importantes para una comida o un producto muy elaborado. Por encima de todo esto, nuestra sociedad exige que, sea cual sea el tipo de producto alimenticio que se nos ofrezca, podamos consumir sin preocuparnos de su seguridad.

Por lo tanto tenemos ante nosotros un dilema complejo. Por un lado parecería que hay que ser aún más eficientes en la producción de alimentos y que estos sean menos caros para que nadie deje de comer correctamente por falta de recursos y para que la población aumenta y el medio ambiente nos preocupa. Por otra parte, habría que conseguir que agricultores y ganaderos tengan un nivel económico suficiente para que de ellos dependamos para acceder a productos y servicios que son esenciales. En parte ya lo hacemos mediante subvenciones y pagando más por alimentos que nos ofrecen alguna propiedad suplementaria que consideramos interesante. Probablemente tenemos que aceptar que hay que seguir haciendo tanto una cosa como la otra y tratar de hacerlo sin conflictos excesivos entre visiones del mundo e intereses que intervienen en una cuestión que es y será vital para todos nosotros.

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