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ADIÓS, STEPHEN HAWKING

Stephen Hawking.

Nunca dejes de mirar las estrellas

Roberto Emparan

Nadie como Hawking ha personificado el triunfo de la voluntad y del pensamiento sobre las limitaciones del mundo tangible

Había superado tantas barreras casi sobrehumanas que quizá ya lo imaginábamos inmortal. Su cuerpo prácticamente murió hace más de medio siglo, pero su espíritu y su mente pervivían con un brillo solo comparable al de esas estrellas a las que él nunca dejó de mirar. Nadie como él ha personificado el triunfo de la voluntad y del pensamiento sobre las limitaciones del mundo tangible. Y aun así, él siempre insistió en su filosofía materialista del mundo: no somos sino conjuntos de átomos en un universo ilimitado, regido por leyes físicas impersonales sin necesidad de un creador.

Se nos ha ido Stephen Hawking, se ha marchado mientras todavía mantenía una creatividad científica de primer nivel y una actividad pública que nos resulta imposible de casar con su absoluta inmovilidad física, en una mezcla inverosímil de fortaleza invencible e indefensión manifiesta. Ha sido mucho más que uno de los científicos más brillantes de los últimos 50 años. Es, sin duda, uno de los seres humanos más extraordinarios que ha presenciado nuestro planeta. Hawking ha encarnado mucho más vívidamente que cualquier mito la aspiración humana de trascender nuestros límites. Sus circunstancias nos podrían llevar a asimilarlo a un personaje de tragedia, pero no es así: él ha mostrado que nuestro destino no está escrito. Con el paso de los años nos resultará cada vez más increíble que alguien así haya podido realmente existir entre nosotros. 

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Un icono

No siempre fue un icono reconocido por todos, ni siquiera durante los largos años en los que su enfermedad fue gradualmente minando sus movimientos y dañando su capacidad de comunicación hasta privarle de aquello que más nos identifica como personas: la voz propia. Quizá fue en ese momento, al adquirir su inconfundible voz metálica, cuando su imagen se transformó en la de alguien más allá de lo humano. Pero esa voz nos hablaba, a menudo en tono provocativo y siempre con un peculiar sentido del humor, de lo que es más importante para la humanidad, como especie pero también como individuos: nuestros retos, nuestros anhelos y sueños, las amenazas a nuestra existencia y las promesas para el futuro que, si no nos destruimos antes, podemos llegar a alcanzar.

Su presencia intelectual para los que trabajamos en el mismo campo que él —la física del espacio y el tiempo— es una constante inevitable. A sus primeros descubrimientos sobre las singularidades al comienzo del universo —el Origen— le siguió su desconcertante manera de combinar, en presencia de un agujero negro, la física de lo más grande —la gravedad— con la de lo minúsculo: la cuántica. Cuarenta años más tarde, todavía seguimos batallando con las consecuencias de su descubrimiento de que los agujeros negros emiten una luz sutil y no son tan oscuros como parecen.

Dijo Oscar Wilde que “todos vivimos en las alcantarillas, pero algunos miramos a las estrellas”. Ni un poeta como él pudo imaginar en qué superlativa manera alguien llegaría a representar esta verdad en todos sus aspectos.