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OPINIÓN

La venganza de Piqué

Juan Soto Ivars

El derbi empezó caliente pese al frío y terminó en llamas pese a la lluvia

El Espanyol de Cornellá (y de Barcelona, y del Prat, y de Sant Adriá, y de Tabarnia, y etc...) estaba deseando recibir al Barça en su casa. Concretamente, estaban esperando al Barça de Piqué, para quien habían instalado hasta un brasero. El derbi empezó caliente pese al frío y terminó en llamas pese a la lluvia. Antes de que los animales presentes en el estadio empezasen a salir por parejas hacia el Arca de Noé, es decir, durante los primeros 45 minutos, uno podía dejar de mirar al campo y sabía sin margen de error cuándo tocaba el balón Gerard Piqué.

Las señales acústicas producidas por la hinchada perica provocaron contusiones de distinto grado en Cornellá, porque inducían a los ciegos a cruzar los semáforos en rojo. Pero de todos los atropellos, ninguno dolió tanto como el de Piqué, autor del gol del empate y de una celebración faltona que tuvo, todo hay que decirlo, algo de justicia poética.

Pese a que los respectivos presidentes habían intentado distraer la tensión, el partido se encrespaba como las olas de ese mar interior llamado RCDE Stadium. Prueba de ello es la batalla que se libraba en Twitter mientras tanto. En Catalunya el fútbol es una metáfora de la política (¿hay algo que no lo sea?). Los tuiteros culés se convertían en loros repitiendo la broma de Piqué mientras los del Espanyol insultaban a Piqué con tales apelativos que, si los hubieran dirigido a un político del PP, las alarmas de la fiscalía habrían sonado seguro.

Pelota de peluche

Al comienzo de la segunda ya caía más agua en el campo que menciones en Twitter. Para entonces era como si en vez de césped hubiera velcro y la pelota estuviera hecha de peluche. Un humedal comparable a Doñana hacía naufragar al balón en el centro del campo. Los jugadores corrían como vigilantes de la playa y dejaban tras de sí surcos dignos de una lancha motora. Si no oíamos el croar de las ranas era porque los pericos no dejaban de pitar a Piqué.

Pero una serie de movimientos por las bandas nos hicieron suponer que el empate no iba a durar mucho más tiempo. Los entrenadores empezaron con los cambios. Si hubieran tenido campeones de waterpolo en el banquillo los hubieran sacado. Pero no, al fin llegó el fútbol.

La estrategia azulgrana estaba pasada por agua. Las triangulaciones y el juego bonito no eran rivales contra la inundación. Después de unas cuantas pelotas arrebatadas al Barça con ayuda de Neptuno, Gerard Moreno, que para entonces había desarrollado aletas y branquias y respiraba debajo del agua, se zafó de Piqué para recoger el centro de Sergio García. Este había conseguido el prodigio de salvar el pantano central con un disparo que se clavó, tras el cabezazo de Moreno, más allá de la orilla azulgrana. Era el minuto 65.

Aspiraciones licuadas

Los pericos pitaban contentos. Abucheaban a Piqué, al fin, con más alegría que resentimiento. Pasaron los típicos minutos de nervios y de agarrones. La defensa del Espanyol se cerraba pero la pelota se escurría constantemente entre las piernas. El contador de faltas se disparó. El mediocampo ya era un arrozal. Y por fin, en el minuto 82, Piqué recogió una falta envenenada de Leo Messi y se hizo con su segundo gol en liga. El primero también había sido, ay, contra el Espanyol. Así obtenía su venganza el azulgrana. El público sintió que se licuaban sus aspiraciones. Quien pita el último pita mejor. Piqué los mandó callar con un gesto innecesario, su gol ya les había fastidiado la tarde. Solo nos quedaba por ver una tangana vergonzosa que se disolvió sin necesidad de recurrir a las tarjetas rojas.

Y terminó este partido escurrido y sofocado. Los puntos se repartieron, uno para cada uno, en una solución de conformidad. Hay que celebrar que ningún futbolista muriese ahogado en las profundidades pantanosas del estadio de Cornellá.

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