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LA SUBIDA DE TRANSPORTE PÚBLICO

Siempre pagan los mismos

Siempre pagan los mismos

Eva Arderius

El usuario sufre la mala planificación, el incumplimiento de las administraciones y la falta de consenso

¿Cómo pagamos el transporte público? La pregunta tendría que provocar el mismo debate que el de las pensiones. Es un debate global que afecta a todas las grandes ciudades. Se necesita más transporte público para reducir el privado y rebajar la contaminación. Los gobiernos locales lo tienen claro, pero no encuentran la manera de hacer más inversiones y mantener las que ya tenemos sin aumentar el déficit.

El sistema actual de financiación  es deficitario e inestable. Cada año da la sensación que se improvisa. Las tarifas se pueden aumentar, rebajar o congelar en función de si las administraciones cumplen o no sus promesas. Este año toca subida, un 2% de media. Por impago de Madrid, por una mala planificación o porque no se han hecho los deberes y no se han reducido los gastos, Ada Colau ha tenido que tragarse un sapo en contra de lo que había dicho cuando aún no era alcaldesa y ahora ve cómo la T-10, el billete más utilizado, supera la barrera psicológica de los 10 euros. 

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Protestas y desgaste político

La subida ha provocado que se reactiven las protestas de Stop Pujades y supone también un desgaste político, especialmente para los alcaldes. Gobierno y oposición se tiran los billetes del transporte público a la cabeza sin intentar consensuar alternativas que solucionen un déficit millonario. Pero no se puede seguir con el partidismo y que al final, quien siempre acabe pagando sea el ciudadano. El mismo que tendrá que afrontar la subida de la mayoría de servicios básicos: la luz, el agua o el gas. El incremento de los billetes llega en el peor momento. El año en que se intenta convencer a los ciudadanos que usen menos su vehículo privado y que incluso prescindan de él. Es poco persuasivo y poco pedagógico pedir que se deje el coche en casa pero anunciar que se tendrá que pagar más por metro, autobús o tren.

Moverse cuesta dinero. El transporte público no puede ser gratis. Pero está claro que el sistema actual no funciona y que la T-Mobilitat, la gran promesa para innovar billetes y abonos, aún tardará en llegar. Todas las ciudades se decantan por tarifas más flexibles. No todo el mundo tiene que pagar lo mismo. No puede tener el mismo precio el billete de metro un sábado por la noche que un lunes por la mañana. No puede pagar lo mismo un turista que cogerá el metro diez veces que un barcelonés que lo usa cada día. Hay que variar la tarifa en función de si es hora punta o de las estaciones que se recorran. 

Impedir el fraude

Y sobre todo hay que impedir el fraude. Hay que buscar un sistema que permita los billetes a medida y que permita recaudar más. Para hacerlo tenemos un primer problema técnico: los pocos sostenibles y anacrónicos cartones que tenemos como billetes. Necesitamos renovar, las tarjetas y el sistema. Y hay que hacerlo de forma urgente porque la mala planificación, los incumplimientos de las administraciones y la falta de consenso a quien acaba pasando más factura es a los de siempre: los ciudadanos con economías más débiles. 

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