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LA CLAVE

Incertidumbres de un resultado bipolar

Enric Hernàndez

El independentismo y Rajoy deberían recapacitar e interpretar correctamente los triunfos de Arrimadas y de Puigdemont

Quiso la casualidad que la jornada electoral del 21-D coincidiera con el solsticio de invierno. Catalunya afronta una estación invernal políticamente tanto o más severa que el otoño caliente inaugurado el 1-O. La polarización de la sociedad catalana arroja un resultado bipolar: por vez primera en la Catalunya autonómica, un partido de obediencia española gana las elecciones al Parlament en votos y en escaños. Pero la histórica victoria de Inés Arrimadas (C's), erigida en azote del nacionalismo catalán, queda relegada a un segundo plano al conservar el bloque independentista el 47% de los votos y revalidar su mayoría, con el fugado Carles Puigdemont por delante del preso Oriol Junqueras.

Planteó el independentismo esta contienda como un plebiscito entre el 155 y la república catalana, azuzando el fructífero anzuelo de la emotividad. Jugaban a favor del voto de protesta la suspensión de la autonomía, la defenestración del Govern, los 'consellers' entre rejas, la huida de Puigdemont y compañía... En contra del bloque secesionista, la ausencia forzosa de Junqueras y la campaña virtual de Puigdemont, pero sobre todo el fiasco de la vía unilateral y la confirmación de que el pulso al Estado era un farol. El resultado electoral atestigua qué factores han pesado más.

Junts per Catalunya, un invento improvisado por Puigdemont desde su autoexilio belga, nació con el solo propósito de restituir al 'president' «legítimo». La candidatura heredera del PDECat, del que siempre renegó, vuelve a aguar la fiesta a ERC y exigirá para sí la máxima prefectura catalana. Pero antes hay una incógnita por despejar: si Puigdemont regresará a Catalunya y si la policía, por orden judicial, procederá a su detención. Un grave dilema para el líder de JxCat y un serio quebradero de cabeza, otro más, para Mariano Rajoy.

HORA DE RECAPACITAR

A ERC, privada de la primacía soberanista que durante meses acarició con los dedos, le queda muy escaso margen de maniobra. Los números cantan. Un desacuerdo entre los antiguos socios abocaría a Catalunya a una repetición electoral en la que la mayoría independentista no estaría garantizada. Nadie querrá correr ese riesgo. Tampoco la CUP.

En circunstancias normales, la constatación empírica de que la ruptura unilateral no conduce a ningún camino transitable, pues enfrenta y empobrece a los catalanes, debería llevar al independentismo a recapacitar. A despojarse del corsé de la urgencia. A abrazar el posibilismo y anteponer el diálogo al estéril unilateralismo. A esforzarse por recobrar las instituciones catalanas en vez de fantasear con repúblicas inventadas. No es seguro que así sea.

El constitucionalismo sale reforzado del 21-D al ganar cinco diputados, pero desigualmentes repartidos. El voto útil en favor de Arrimadas ha neutralizado el ascenso de Miquel Iceta (PSC) y noqueado a Xavier García Albiol (PP). También Rajoy debería hacer examen de conciencia para afrontar la debacle de su partido, la resurrección del independentismo, el 'dilema Puigdemont' y el previsible envalentonamiento de su socio Albert Rivera.  

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