Ir a contenido

Al contrataque

Los viejos lo olvidan a menudo y creen que mueren solos, pero ningún ser humano que ha amado y que ha sido amado muere solo


Hay pocas cosas en el mundo que me gusten tanto como ir al cine, puedo tragarme casi cualquier película, y aunque me quede dormida bastante a menudo, pocas veces he abandonado una sala antes de que acabase la proyección.

No me ocurre lo mismo con la literatura, si un libro no me atrapa en las 20 primeras páginas lo cierro sin contemplaciones, y al enfado por no haber acertado se añade siempre una vaga sensación de pena y de fracaso («de todos los miles de millones de libros posibles, te escogí a ti, me acomodé contigo en el sillón, hice el silencio más absoluto a nuestro alrededor, acallé mi alma para poder escuchar mejor la tuya y al cabo de 25 páginas (¡¡25!!) ¿me dejas en la estacada? ¡Pues a la basura ahora mismo!»).

A los libros llego siempre (ni el tiempo ni mis años como editora han alterado en nada esa percepción) con la esperanza de vivir una gran historia de amor. No sé ligar con los libros, o es un amor absoluto o no es nada. Con las pelis, en cambio, me puedo enrollar sin problema, reír, llorar, disfrutar, indignarme, aburrirme, dormir después o durante y olvidarlas.

Y de repente, a veces, de forma inesperada, una película se convierte en un gran amor y te recuerda que en esta vida no todo es comer palomitas, distraerse y hacer la siesta sobre el hombro de tu amiga.

Ayer fui a ver Coco, la nueva película de Pixar. Como a la mayoría de los adultos un poco infantiles que conozco, no me gustan nada las películas infantiles (por no hablar de las representaciones teatrales para niños o de ese infierno en la tierra llamado Disneyland París).

No olvidar que fuimos amados

Coco es la versión esperanzada y colorista de Los muertos de John Huston, una de mis películas favoritas. Coco no es (solo) una película sobre la muerte, tampoco es (solo) una película sobre la obligación de no olvidar a los muertos, Coco es sobre todo una película sobre la necesidad de no olvidar que fuimos amados.

Tal vez sea esa una de las primeras cosas que olvidamos cuando alguien muere. Nuestro propio amor, ahora sin destinatario, nos quema y nos arrasa, pero el amor de la otra persona va palideciendo, se desdibuja y se convierte en humo.

Coco nos recuerda que el amor que sintieron por nosotros nuestros muertos sigue ahí, intacto, reluciente, absoluto, dolorosamente exacto a lo que fue, contra viento y marea, como cuando estaban vivos. Los viejos lo olvidan a menudo y creen que mueren solos, pero ningún ser humano que ha amado y que ha sido amado muere solo.

Coco habla de los fantasmas, de los que nos acompañan, de los que seremos algún día, también habla del amor como única forma de salvación posible. No es una película sobre la muerte, es una película sobre la vida. No se la pierdan. ¡Y además sale un perro! 

0 Comentarios
cargando