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Al contrataque

Calcula que calcularás

Najat El Hachmi

La madre calcula y les dice que no, que este mes es imposible y ellos se sublevan contra el tedio de vivir en un mundo que se acaba en los límites del barrio

Calcula. Esta madre siempre calcula. Los hijos quieren ir a Barcelona, a pasar el día. Están hartos, le gritan, siempre enterrados en este barrio, sin salir nunca, como hacen los demás. ¡Ay, como hacen los demás! La madre suspira y recuerda cuando los niños eran pequeños y no se quejaban. Queremos salir como esa vez que fuimos a la Rambla y vimos el mar y comimos una hamburguesa. ¿Cuánto hace de aquel día? ¿Cuánto tiempo hace que no salen de aquí? Que la rutina no pasa de las calles conocidas, pisadas y repisadas las tardes de buen tiempo, un paisaje que parece habérseles quedado pequeño a los niños a medida que han ido creciendo. Pero la madre calcula. Es la salvación, la de toda la familia, que desde que empezara esta noche oscura que ya parece eterna, no ha hecho más que sumar y restar, multiplicar y dividir. Más restar que sumar, claro.

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A la pensión mínima del marido hay que descontarle los recibos, la comida, que por mucha ruta de supermercados que haga intentando encontrar las mejores ofertas, siempre es demasiado cara. De la comida también se le quejan los niños. Tres bocas que piden algo más que los espaguetis de Cáritas o las galletas María que tienen aborrecidas. Las quieren de chocolate, quieren chucherías que no les hacen falta, piden más carne, menos patata, más yogures frescos pero la madre calcula, tiene que calcular. También se quejan de que están hartos de llevar ropa de segunda mano, que nunca la estrenan. Dicen que la quieren de marca, es decir, con la etiqueta puesta y ese olor a nuevo.

Familia numerosa

La madre calcula, piensa en la segunda cuota de material escolar que está al caer y multiplica por tres. Piensa en el billete de autocar, que incluso con descuento de familia numerosa, no baja de 6 euros y multiplica por cinco y añade el gasto de comer fuera. Y los niños no querrán volver con las manos vacías. No, de ninguna forma, los números no dan para más.

Poco se hubiera imaginado, esta madre, que tendría que calcular tanto. Cuando el marido trabajaba desde que aún no había salido el sol hasta que era noche oscura, su sueldo les permitía vivir, calculando siempre, pero sin esta angustia constante. Se dejó la espalda en la obra, levantando todos esos edificios que salieron como setas durante la burbuja, él y tantos otros. La salud por el desagüe y una pensión que hay que estirar hasta límites insospechados.

Calcula y les dice que no, que este mes es imposible salir y ellos se sublevan, protestan contra la injusticia, contra el tedio de vivir en un mundo que se acaba en los límites del barrio. Pero se le quejan a ella y tiene que soltar el sermón, regañarles por querer vivir por encima de sus posibilidades. Aunque sepa que estas posibilidades son exiguas. Tiene que reprocharles que quieran lo imposible: una salida a Barcelona.

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