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Al contrataque

Cómo no hablar de cómo bailas conmigo dando saltos nuestra canción preferida de Rozalén

Cantas cuando tienes miedo. Oigo tu voz muy cerca desde la cama. Has empezado de nuevo. Medio en broma, medio en serio. Pasas de un himno de fútbol a la sintonía de tus dibujos animados preferidos. Ha llegado la noche y deberías estar dormido pero el miedo no te deja cerrar los ojos. Y cantas para espantarlo. Es la manera más bella que conozco para luchar contra él. Me fascina la facilidad con la que me hablas de tus terrores infantiles. Sin esconderlos. Sin exagerarlos. Forman parte de lo que eres y, por eso, los compartes conmigo abiertamente. Y te encanta oír que yo era igual que tú. Te tranquiliza saber que yo también sigo teniendo pesadillas. Que los mayores, a veces, tampoco podemos dormir bien. Y que los miedos, a veces, también nos asaltan en pleno día.

Me gusta descubrirte en esas pequeñas debilidades que, en realidad, nos hacen más fuertes, más humanos, más auténticos. Como cuando te muerdes las uñas, algo que yo llevo haciendo toda la vida, mientras piensas en los planes que haremos juntos esta tarde y mañana. Me embeleso mirándote cuando no te das cuenta. Y al oírte decir que los mejores días de tu vida «de este año» han sido los días en los que me he sentado contigo a pegar cromos en tu album. Recuperar el tiempo. Otro de tus regalos.

Como cuando oigo tu maravillosa risa a carcajadas por encima de los gruñidos de Bugs Bunny. Nos sentamos juntos a verlo y el mundo entero se para durante un rato. Y cuando me repites una y otra vez la misma anécdota de tu paradón de «esta mañana en el recreo» y todas y cada una de las veces pones la misma cara de entusiasmo imaginándote a ti mismo bajo la portería.

La empatía

Me maravilla y me hace sentir muy orgullosa cómo has decidido pasar de los comentarios sobre tu preciosa melena rubia y rizada porque ya tienes claro que lo importante va por dentro. Eso tú ya lo has demostrado y aprendido a pesar de tu corta edad. Me enamora cómo defiendes siempre a ese compañero o compañera cuando crees que necesitan algo porque les has visto tristes. La empatía es tu gran virtud sin ninguna duda.

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Y cómo no hablar de cómo bailas conmigo dando saltos nuestra canción preferida de Rozalén. De cómo te gusta pararte y decir bien alto esa parte de «el mundo está lleno de hombres y mujeres buenos». Y cómo me preguntas si Donald Trump tiene madre y lo que ella debe pensar al oírle hablar así de mal de las mujeres. Y cómo has aprendido a montar en bici cayéndote y levantándote. Llorando pero sin rendirte. Y cómo me perdonas mis manías, las compartidas y las propias. De cómo oigo cada día, y tengo miedo perder en breve, tus «acompáñame a todas partes». Y cómo aun estando pegados me quieres todavía más cerca. Asoma de nuevo este mes. Mi preferido. Un año más. Ya van siete.
 

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