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Una copresidencia rara, sí, pero mordedora

Joan Tapia

Es una locura pero el 'seny' catalanista todavía no tiene santo y seña

Hace 18 meses de la elección de Carles Puigdemont (tras el veto de la CUP a Artur Mas) y el viernes 14 de julio -fiesta nacional de la admirada y nada federal Francia- coincidieron hechos significativos. El entierro, en Santa María del Mar, de Joaquim Molins, amigo y discípulo de Miquel Roca, portavoz de CDC en Madrid, y el hombre que entroncó a la burguesía templada y catalanista con CDC. ¿Fin de una ilusión? Luego la aceptación por Oriol Pujol Ferrusola, exsecretario general de CDC y presunto heredero de Mas, de una pena de más de dos años de prisión. Otro episodio del entierro del pujolismo como fenómeno dominante, más de 25 años, de la política catalana.

Pero lo relevante fue la segunda crisis en una semana del Govern. Al cese de Jordi Baiget, un “muchacho excelente” se le unieron otros cuatro “muchachos”: Jordi Jané (Governació), Neus Munté (portavoz), Joan Vidal de Siurana (secretario del Goven, un “cerebro”) y Meritxell Ruiz (Educació). Van cinco patriotas y buenos 'consellers' a los que se les purga… sin cesarlos y sin explicaciones. Aunque todos las intuimos.

Salen porque su sensatez les hace dudar de que el choque sea inteligente, lo que les convierte en 'cagadubtes', sospechosos ante una tripleta (Puigdemont, Oriol Junqueras y Mas) que quiere poner el tren independentista a toda velocidad y que cree que pararlo, o incluso frenarlo, sería asumir la derrota. Lo peor. Solo los valientes tendrán premio y pensar en la derrota es traicionar. Aunque Junqueras sí piensa en el día después y Mas, al revés que Puigdemont, no quiere inmolarse sino triunfar.

Mi dictamen -pobre incrédulo- es contrario al de los tres tenores. Casi la mitad del gobierno salido del plebiscito perdido -o elecciones ganadas- con el 47,8% de los votos, no cree que el choque brutal sea lo conveniente. El riesgo del independentismo es que eso se traslade al electorado y los irreductibles no sean ya el 47,8% sino algo más del 33%.

Puigdemont ya no es un 'president' completo. La rueda de prensa del viernes, con Junqueras terciando, dio la imagen de un copresidente disminuido frente a otro musculado. Mas recupera poder porque no puede dejar de trabajar. Jordi Turull, estrellita en alza, es un independentista de manual (algo capitán Trueno) y fue el candidato de Mas a dirigir el PDECat. No pudo ser hace un año porque se interpusieron Marta Pascal y sus alcaldes. Y Joaquim Forn, que en el ayuntamiento ha sido un administrador eficaz y fiable, es próximo a David Madí -siempre en la penumbra- y a Mas.

Santi Vila es el último moderado. Es un profesional, sabe que corre riesgos pero que no debe bajarse del caballo. Calcula que estará ahí cuando acabe la tormenta y el PDECat necesite un candidato que inspire confianza. Y Pascal que -inexperta y confiada- ha perdido, piensa en el futuro. Pase lo que pase sus alcaldes deben seguir. 

Puigdemont y Mas van al choque. Junqueras a cabalgarlo. Los ciudadanos a sufrirlo. Es una locura pero el 'seny' catalanista todavía no tiene santo y seña. 

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