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IDEAS

Los Ghetto Brothers, con Benjamin Meléndez (segundo por la derecha).

Una columna para los que merecen una estatua

Miqui Otero

El día que me enteré de la muerte de Benjamin Meléndez yo debía ir al hospital para presenciar un nacimiento. Pensé, en buena lógica, que no cabían dos personas tan especiales en un solo planeta, como cuando, en casas abarrotadas de libros, debes deshacerte de uno para que entre otro.

Las personas especiales, escribí en una ocasión, son como los mecheros: aparecen cuando no las esperas, a veces se encienden y no son de nadie. A menudo las alcanzas tomando el atajo de una canción. Llegué a Benjy Meléndez por 'There is something in my heart' y hace unos meses lo entrevisté por teléfono (su voz, ya desde el hospital, era un arrullo achicado) con la excusa de un cómic sobre su vida editado por Sapristi.

En el violentísimo Nueva York de 1970, la resaca hippy se solapaba con una brutal especulación urbanística que empujaba a los jóvenes a jugar con la heroína o a jugar a ser héroes. Benjy fundó los Ghetto Brothers, una pandilla de 2.500 miembros conectada con los programas sociales de los Panteras Negras y del Partido Socialista de Puerto Rico. Sacó un disco de melodía 'beatle' y algarada 'latin soul', con el emblema de su 'ganga' en la portada: unos cubos de basura (o cómo hacer de los deshechos fanfarria). Un mal día, una banda rival asesinó a su mejor amigo, pero, cuando se cocinaba la gran batalla final, este Orfeo en Converse convocó una cumbre en un pabellón y logró pacificar a los 10.000 pandilleros de la ciudad y cambiar su historia.

Benjy Meléndez representa, para mí, la valentía sin soberbia, la fuerza sin ferocidad, la belleza sin vanidad

Benjy representa, para mí, la valentía sin soberbia, la fuerza sin ferocidad, la belleza sin vanidad. Tecleo esto con la persona especial, la que nació el día que él murió, escalando (sin mosquetones) mi torso. Le pongo su música y se la tarareo. Y luego le susurro, aunque aún es un topito que finge no entender: a algunos secretos solo llegarás a través de la melodía.

Cuando le solté a Benjy que merecería un monumento, él contestó que preferiría uno para su amigo muerto. Como cuando Catón, que se reiría de tantas efemérides absurdas jaleadas en Twitter, dijo: "Prefiero que mis contemporáneos romanos se pregunten por qué no me levantan una estatua a que la posteridad se pregunte por qué me la levantaron". En las estatuas defecan las palomas; en las canciones crecemos nosotros.

Benjy, ya que en vida no querías una estatua, acepta ahora esta columna.

Temas: Música

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