Ir a contenido

Dos miradas

Mariano Rajoy y Carles Puigdemont se saludan antes de su reunión en la Moncloa en el mes de abril del 2016.

DAVID CASTRO

Destiempo

Emma Riverola

Pisar el acelerador independentista nos expulsa de la vía democrática. La España de Rajoy perpetúa el problema. Caminar a destiempo no lleva a nada

Tenemos prisa. Llegan tarde. Ya no hay tiempo. Es la hora… La referencia al tiempo ha formado parte del procés como elemento de aceleración y movilización. La supuesta inminencia de una Catalunya independiente consiguió que una idea latente, utópica para muchos, pasara a la posición de salida de las causas posibles. El giro de Convergència fue definitivo. Que un partido mayoritario y con merecida fama de posibilista bendijera el cambio de fronteras, aportó la sensación de viabilidad al proyecto. También el factor tiempo ha sido utilizado por Rajoy. Su estrategia ha pasado por gesticular lo justo e ir cortando el agua para esperar que la fruta se seque en el árbol, se caiga y se pudra. Material de desecho.

Se ha tergiversado la historia para traer al presente las cuitas y los agravios del pasado. Nos han querido hijos de la opresión y padres de la libertad. Simple, contundente, seductor... y falso.

Se supone que ya no hay tiempo para explorar soluciones conjuntas. Eso dicen algunos de los padres del desafío independentista. Pero ¿de veras creen que ha llegado su momento? Con solo la mitad de la población convencida, un Estado en contra y una Europa que no está por la labor, se están forzando las manecillas de un tiempo que no tiene dueños, pero que nos pertenece a todos. Pisar el acelerador independentista nos expulsa de la vía democrática. La España de Rajoy perpetúa el problema. Al fin, caminar a destiempo no conduce a nada.