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Editorial

Una de las paradas del Bicing de la zona del Port Vell.

ALBERT BERTRAN

Diez años de un Bicing exitoso

La promoción de la bicicleta es indispensable para lograr que Barcelona sea una ciudad más amable y más habitable

Pocas voces osan alzarse ya en defensa del libre albedrío del automóvil privado en una ciudad como Barcelona. La inmensa mayoría de los ciudadanos, incluso los más acérrimos partidarios del individualismo, admiten la insostenibilidad de las políticas urbanas que durante décadas pusieron al vehículo particular en el centro de las decisiones en materia de urbanismo y transporte. Ni desde el punto de vista de la movilidad, ni desde el punto de vista de la salud, es admisible prolongar más el reinado omnímodo de los vehículos que emiten partículas contaminantes. Naturalmente, no es imaginable –ni deseable– su veto absoluto, pero sí la profundización de una política que combine firmeza y persuasión para poder cambiar mentalidades muy arraigadas e ir consolidando y ampliando avances que hagan de Barcelona una ciudad más amable y más habitable.

Para la consecución de este objetivo juega un papel decisivo el transporte público colectivo, terreno en el que ha habido significativos avances en los últimos tiempos. Pero sin duda el elemento más llamativo ha sido la eclosión de las bicicletas en el paisaje urbano. Se cumplen ahora 10 años de la implantación del Bicing, y el balance global es, aun con los  matices que se quiera, claramente positivo.  En esta década, los usuarios se han incrementado tanto que incluso ha habido crisis de crecimiento, pero el éxito del servicio es incuestionable, y uno de los datos que lo reflejan es que las bicis a disposición de los abonados se han multiplicado por 30: de las 200 del 2007 se ha pasado a las 6.000 de la actualidad. Pero para que en Barcelona aumenten los ciudadanos que deciden cambiar el volante y el acelerador por el manillar y los pedales es imprescindible la ampliación de la red de carriles bici: la ciudad solo cuenta con 141 kilómetros, menos de la mitad de los que, según las previsiones municipales, deberá tener dentro de apenas dos años. En una trama urbana  compacta como la de Barcelona, la implantación de más carriles bici casi siempre es y será a costa del vehículo a motor. Una realidad tan incontrovertible como que el peatón debe ser protegido tanto de los coches y motos como de los ciclistas y usuarios de los cada vez más numerosos artefactos de dos ruedas que pululan por calles y aceras. En este terreno, a Barcelona aún le queda mucho por hacer.

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