Ir a contenido

DOS MIRADAS

Ryan Gosling y Emma Stone, en un evocador fotograma de La ciudad de las estrellas (La La Land).

¡Bailad, bailad!

Josep Maria Fonalleras

El musical crea una atmósfera inusual, una burbuja en la que eres feliz porque la forma y sus reglas crean un sentido, una mirada al mundo

Lo ha dicho Josep Maria Pou, que es quizás la persona que sabe más de musicales en este país: "vimos tiempos de angustia, y el musical, como género, tiene una gran virtud. Nos evadimos y somos felices durante un par de horas". Quizá es por eso que 'La La Landserá la gran triunfadora de los Oscar. No sé si evade, porque también plantea problemas, inquietudes, pasiones y errores, amores y despropósitos, pero sí logra la creación de una atmósfera inusual, una burbuja en la que –si te dejas transportar– eres feliz porque la forma, las reglas del musical, crean un sentido, una mirada al mundo que nos rodea.

Los clásicos aseguran que la principal virtud de una obra de ficción se concreta en lo que llaman, como hacía Coleridge, la "suspensión de la incredulidad". En el marco de la ficción, caen los muros de prevención del lector (o del espectador) para adentrarse en un territorio en el que todo debe ser creíble por la fuerza que imprime la forma.

LOCOS POR LA DANZA

El musical es el género donde esta "suspensión" es más necesaria. No entran en él aquellos que no entienden cómo, en medio de un diálogo, uno de los protagonistas empieza a bailar y a cantar. ¿Lo sueña? ¿Lo hace de verdad? ¿Está loco? 

Loco por la danza, como los miles de personas de todo el mundo que rehacen el Nelken-Line de Pina Bausch para la cadena ZDF/ARTE. Pasan las estaciones y se repiten los gestos y la cadencia en una larga caminata danzada. Bailar a favor de la vida.