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Dos miradas

Estudiantes en el examen de selectividad celebrado en la Universidad de Zaragoza el pasado septiembre.

EFE / JAVIER CEBOLLADA

Sin razón

Emma Riverola

Entre unos y otros, ni la razón ni la defensa del estudiante ni el sentido común han entrado en la ecuación del cambio de criterio sobre la selectividad

La capacidad para hacer las cosas mal de un modo innecesario es infinita. La última muestra son los cambios recién anunciados en las pruebas de selectividad. Si hay un curso complicado para cualquier estudiante que desee ingresar en la universidad es el de segundo de bachillerato. ¿Conseguiré una buena nota de curso? ¿Me irá bien la selectividad? ¿Alcanzaré la nota de corte para estudiar la carrera que quiero? Los nervios a flor de piel. Y, aunque la vida enseña que nada es definitivo, es evidente que se trata de un momento crucial en la vida del estudiante.

Ahora, al nerviosismo y a la presión se les ha añadido un inaudito elemento: el cambio de las normas de juego en mitad del partido. Algunos alumnos, a cuatro meses de la prueba, acaban de descubrir que deben presentarse a una asignatura que hasta ahora no era obligatoria o que no han cursado alguna de las materias que les permitirán subir nota, requisito imprescindible para acceder a algunas carreras. El caso es enrevesado. El Ministerio de Educación cambió la normativa sin dar tiempo de adaptación a los institutos. La Generalitat parecía que se negaba a acatarla, pero, ahora, tarde, muy tarde, ha informado oficialmente de la obligación de cumplirla sin ofrecer medidas para paliar el desastre. ¿Desidia? ¿Incompetencia? ¿O algo peor? Sea lo que sea, es evidente que, entre unos y otros, ni la razón ni la defensa del estudiante ni el sentido común han entrado en la ecuación.