Las caras del machismo

La hipocresía también mata

El cuerpo de la mujer es un negocio. A veces, sórdido. A veces, vestido de tules, de aromas preciosos, de rostros bellos y de un magnético glamur

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 Un hombre se fija en una mujer con falda en una edición de la feria Alimentaria

 Un hombre se fija en una mujer con falda en una edición de la feria Alimentaria / RICARD CUGAT

Un vestido puede disparar las audiencias, lo sabemos. Un cuerpo más o menos desnudo, más o menos sexi, más o menos atractivo, puede aumentar las ventas de un producto, hacerse un hueco en la mente de los consumidores, generar clics, muchos clics… Más allá del negocio puro y duro de la prostitución y la pornografía –de la comercialización de la carne y de la reducción de la mujer a un objeto de placer–, el cuerpo femenino genera réditos.

En el engranaje del negocio sexista, la mujer también forma parte activa. Educada para ver su cuerpo como materia para satisfacer al hombre, participa doblemente en el mercado de la belleza. Como producto y, también, como consumidora. Su mente le dicta unas normas estéticas que su espejo insiste en negarle. E invierte dinero, esfuerzo y obsesiones en tratar de acortar las distancias entre una fantasía y la realidad. Un peaje más, un robo más.

Sí, el cuerpo de la mujer es un negocio. A veces, sórdido. A veces, vestido de tules, de aromas preciosos, de rostros bellos y de un magnético glamur. En el primer caso resulta fácil denunciarlo. En el segundo, la belleza que lo envuelve actúa como un escudo de defensa. Pero no es inofensivo. Todo ello conforma un armazón cultural que apuntala los patrones de la dominación y la subordinación.

ROSARIO DE HUMILLACIONES

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Al amparo de esa estructura discriminatoria, nace todo. Brotan los insultos que desprecian a la mujer, los intereses del poder por controlar el cuerpo y la sexualidad femenina, la desigualdad salarial que le indica que vale menos que un hombre, los obstáculos para alcanzar cargos directivos… Un rosario de humillaciones que tiene una última y trágica estación en la violencia machista.

Hasta que no ataquemos la raíz cultural que perpetúa la sociedad patriarcal no lograremos atacar un machismo que merma no solo las expectativas de las mujeres, sino también sus propias vidas. Pero, ¿estamos dispuestos a ello? ¿Quién empezará a renunciar a los réditos que produce la cosificación de la mujer? Mientras, podemos seguir llorando por las víctimas. Pura hipocresía.