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Donald Trump y Vladimir Putin.

Contra la URSS vivíamos mejor

Ramón Lobo

Puede parecer romántico, pero contra la URSS vivíamos mejor, al menos desde el punto de vista geoestratégico y, tal vez, económico. Existía un contrapeso, un tope, un sistema alternativo al capitalismo. Miles de jóvenes occidentales militaban en partidos comunistas y protestaban en la calle contra los euromisiles, Vietnam o lo que les viniera en gana. Los gobiernos del llamado mundo libre sentían pánico de que uno de esos partidos -el PCI italiano por ejemplo- pudiera ganar elecciones y formar Gobierno. Había temor al contagio. Era la teoría del dominó. Ahora sabemos que todo era una farsa: la URSS como paraíso socialista y la aprensión de los líderes de Europa y EEUU. Todo formaba parte de un mundo de impostores.

La crisis de los años 30 del siglo XX generó tres populismos: fascismo, nazismo y comunismo. La cosa acabó mal, en una guerra mundial, como en la crisis anterior, la de los años 10. Las democracias vencedoras de la segunda de esas guerras globales impulsaron una arquitectura legal en defensa de los derechos humanos, y en el caso de Europa, un Estado del bienestar que servía de vacuna contra la repetición.

Frente a la solución democrática se levantó otra basada en la llamada dictadura del proletariado, el poder teórico del pueblo, idea que quedó anquilosada tras la llegada de Stalin al poder. Una lectura recomendable sobre este proceso de usurpación de la revolución es el libro de George Orwell, 'Rebelión en la granja'. Ganaron los cerdos.

UNA PARTIDA DE RISK

Empezó la Guerra Fría, la carrera de armamentos, la partida de Risk en la que EEUU y la URSS se iban comiendo países a capricho. Fueron años peligrosos en los que reinó el MAD, palabra inglesa que significa loco, pero que en este caso pertenece a las siglas de Mutual Assured Destruction (destrucción mutua asegurada). Esta no guerra nuclear se basó en el convencimiento de que todos saldrían perdiendo. La carrera para lograr misiles nucleares más precisos y potentes tenía como objetivo no quedarse atrás, para que la otra parte no sintiera tentaciones. Ahora, Donald Trump amenaza con reiniciar la partida.

Cuando cayó el Muro de Berlín en noviembre de 1989 vimos la realidad: dictaduras que en nombre de la democracia proletaria sometían al pueblo a una grisura rampante mientras que los dirigentes vivían a cuerpo de rey, o de zar. Tan súbito fue el desplome de esos gobiernos de Europa del Este que parece impensable que los servicios secretos occidentales no supieran que se trataba de tigres de papel, que diría Mao, o de un decorado de 'Good Bye Lenin'.

EL HUNDIMIENTO EN 1991

El 26 de diciembre de 1991 se hundió la URSS. La superpotencia nuclear que había tenido en jaque a EEUU y a la OTAN se desmoronó como un castillo de naipes. La derecha occidental atribuyó el mérito a tres personas: Ronald ReaganMargaret Thatcher y el papa Juan Pablo II, lo que parece una exageración. La propaganda no tiene en cuenta la labor de los Brezhniev y demás momios que traicionaron la idea inicial. Todo se empezó a desviar con la caída en desgracia de Trotsky, las purgas y los gulag que denunció el escritor Alexander Soltzenitsin.

La URSS se hundió porque no pudo pagarse la carrera de armamentos, porque su sistema no funcionaba y por la puntilla de Afganistán. Se hundió porque no había apoyo popular, solo miedo, resignación y obediencia.

Dicen los expertos que los grandes movimientos en política tardan tiempo en mostrar sus efectos. Una de las consecuencias ha sido el salto de un capitalismo con un cierto rostro humano, sometido a los controles del Estado, a otro salvaje que se está llevando por delante el andamiaje del Estado del bienestar y los derechos, devolviéndonos de manera irresponsable a la casilla de salida: los años 30.

La existencia de la URSS ayudó a poner límites a un sistema depredador que necesita esquilmar las riquezas del planeta y que impulsa el cambio climático en una carrera loca de crecimiento infinito que acabará con la destrucción del planeta.

Aunque ya no existe la URRS, Vladimir Putin trata de reconstruir algo parecido desde Rusia, con fronteras calientes como las de Ucrania, mitad ruso, mitad europeo. Será interesante saber cuánto durará el 'love story' entre Putin y Trump, y qué sucederá el día que acabe, seguramente de manera abrupta. El juego del Kremlin es de consumo interno porque carece de la energía necesaria para disputar el mundo a un EEUU en declive y a una China emergente. De los tres habría que apostar por Pekín: los chinos conocen el arte milenario de la paciencia. Lean 'El arte de la guerra' de Sun Tzu.

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