Dos miradas

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Traslado de la estatua ecuestre de Franco desde un almacén municipal hasta el Born Centre Cultural / VÍDEO: DANNY CAMINAL / CARLES COLS

Huevos, gritos, grandes dosis de irritación, insultos en las redes, alguna bofetada… La exposición del Born está ocasionando penosas digestiones. Que una denuncia del franquismo y de la impunidad de sus símbolos durante la democracia se quiera interpretar como una afrenta a sus víctimas destila ignorancia o, algo peor, una calculada falta de honestidad. Es evidente que en esta batalla algún sector del independentismo cree estar perdiendo una posición destacada.

El Born, convertido en santuario ideológico, tiene que preservarse puro, inmaculado para una causa que algunos llaman de libertad, pero que no admite advenedizos entre sus muros. Pero el Born es de la ciudad. Y la ciudad es de todos. Y los templos que se los paguen los fieles de cada credo. El problema no es la exposición, perfectamente equiparable a las que se han hecho en numerosos países europeos. Estamos ante una guerra ideológica entre la mayoría de las fuerzas independentistas y una nueva izquierda gestante que amenaza su dominio político. Y en esta batalla cualquier munición es buena. Desde pervertir las motivaciones reales de una exposición y convertir a sus organizadores en cómplices de lo que denuncian, hasta vilipendiar a un pregonero de lujo. Un Franco decapitado no es una afrenta, pero sí lo es tratar de denigrar a todo un espacio político, tachándolo de desleal, de traidor. Nada nuevo que no haya sufrido la izquierda durante décadas en Catalunya.