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Una reflexión ante el 26-J

Cultura, comunicación, educación y progreso

Enric Marín

El modelo económico, el modelo cultural y el modelo político de un país están interrelacionados

La esgrima política que culminará el 26-J solo servirá para definir el peso relativo de las tres fuerzas que, por acción o por omisión, deben sustentar al próximo Gobierno central. El juego está entre PP, PSOE y C 's. Este verano sabremos si hay Gobierno de coalición con mayoría parlamentaria estable o Gobierno en minoría con apoyo externo.Con una actitud que tiene un punto de autodestructiva, el PSOE ya ha descartado todo escenario alternativo basado en un acuerdo con Podemos. De hecho, lo más destacado en la actual fase de la larguísima campaña electoral que comenzó el pasado otoño son hechos y declaraciones que permiten vislumbrar el tipo de gobernación que se abrirá paso a partir del 26-J.

Obviando el tema territorial, destaco tres. En primer lugar, tras anunciar rebajas tributarias, Rajoy ya se ha apresurado a dar garantías a la UE de que será diligente mediante nuevos recortes por valor de 8.000 millones de euros. ¿Alguien duda de cuáles serán los damnificados del nuevo tijeretazo? Solo hay que ver los precedentes.

Segunda señal: en una de sus primeras apariciones públicas desde que fue incorporado al Gobierno en la sombra de Pedro Sánchez, Josep Borrell ha expresado su convicción de que hay que incrementar el gasto militar. Lo ha argumentado en supuesta clave europeísta.

Y tercera, Joan Rosell, el presidente de la CEOE, ha demostrado una cultura histórica tan escasa como su sensibilidad social al afirmar que el trabajo fijo y seguro es un concepto del siglo XIX. Al parecer, la modernidad del siglo XXI en el campo de las relaciones laborales estaría identificada por los conceptos de provisionalidad e inseguridad.

UN AMPLIO DEBATE

Los debates sobre la lógica presupuestaria o el modelo de relaciones laborales no agotan el inventario de temas necesarios para definir el modelo económico. Y, a su vez, el debate sobre el modelo económico debe estar enmarcado en un debate más amplio que abarque el modelo social de forma integrada. Es decir, el modelo económico, el modelo cultural y el modelo político están interrelacionados. Aunque solo sea porque la cultura también es industria, o porque la calidad del sistema político es imprescindible para crear un entorno económico sólido y sostenible. Desgraciadamente, el debate político sobre estos temas suele estar presidido por prejuicios ideológicos que ignoran la importancia del binomio cultura-educación.

Por eso mismo fue tan oportuna la publicación en el 2014 del libro de Bruce C. Greenwald y del premio Nobel Joseph Stiglitz 'La creación de una sociedad del aprendizaje'. En este documentado trabajo, estos dos brillantes economistas intentan responder a la pregunta de cuál debería ser el papel de las políticas públicas a la hora de promover la eficiencia económica. Los defensores de eliminar todo tipo de trabas a los mercados han aludido a la capacidad de innovación del propio mercado. Stiglitz y Greenwald muestran de forma muy convincente que, efectivamente, la mayor parte de las mejoras económicas y de los niveles de vida son el resultado del incremento de la productividad. Pero que este incremento de la productividad tiene que ver, fundamentalmente, con la capacidad de aprender a hacer las cosas mejor. El corolario es contundente: «El punto focal de las políticas debería centrarse en aumentar el aprendizaje en el interior de la economía, incrementando la capacidad y los incentivos para aprender, y aprender a aprender (...). Crear una sociedad del aprendizaje debería ser uno de los principales objetivos de la política económica».

UNA MESA DE TRES PATAS

En nuestro contexto, una sociedad del aprendizaje es como una mesa de tres patas en la que las realidades educativas, culturales y comunicativas están fuertemente conectadas. Las industrias de la comunicación ya son el eje central de la producción cultural y el sistema educativo y de investigación no puede vivir al margen de los nuevos entornos comunicativos. En los años 50 y 60 del siglo pasado se pensaba que la comunicación podía contribuir a fomentar los cambios de mentalidad necesarios para estimular el crecimiento económico. Posteriormente, se vio que un sistema comunicativo de calidad requería enmarcarse en una cultura democrática sólida. Y hoy sabemos que una cultura democrática sólida requiere de un sistema público audiovisual potente e independiente del poder económico y político.

En conclusión, el desarrollo económico y el progreso social dependen de la competitividad, pero la competitividad está relacionada con la innovación cultural y la capacidad de aprender a aprender. Y el entorno que estimula la capacidad de aprender solo se puede consolidar a partir de una apuesta estratégica y sostenida por la comunicación democrática, la cultura, la educación y la investigación. Pero no creo que de aquí a las elecciones oigamos hablar mucho de todo esto. Pueden estar seguros de que se hablará más de Venezuela que de cultura o educación. 

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