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Merkel, en una rueda de prensa.

Merkel, en una rueda de prensa. / AFP / TOBIAS SCHWARZ

Durante la segunda mitad del siglo XX, los países nórdicos fueron el modelo hegemónico en la socialdemocracia europea. Personajes hoy controvertidos como Felipe González y Jordi Pujol pusieron a Suecia, Finlandia, Noruega o Dinamarca como ejemplo de unas políticas sociales que aseguraban la redistribución de la riqueza a través de unos impuestos elevados a la par que garantizaban un escrupuloso respeto de las libertades individualesLas democracias nórdicas eran justas, eficientes y tolerantes a los ojos del sur recién legado a Europa. También la nueva política ha hecho gala de esa admiración que Jordi Évole volvió a evidenciar en su Salvados dedicado al sistema educativo finlandés que la patronal catalana FemCat puso como ejemplo al primer gobierno de Mas.

La crisis de los refugiados ha hecho añicos el espejo nórdico. Dinamarca requisa a los fugitivos de la guerra de Siria las pocas joyas y el dinero que salvaron de su angustiosa travesía por el Mediterráneo. Noruega deporta a niños, mujeres y hombres al Ártico, con temperaturas de trenta grados bajo cero. Los tolerantes países nórdicos han dejado de serlo y se niegan a redistribuir la riqueza con los refugiados. Esas tierras que acogieron a miles de latinoamericanos que huían de las dictaduras hoy han dicho basta. Cierran fronteras, requisan, deportan,...

Invierno europeo

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El giro nórdico se suma a la crisis interna en Alemania, donde la cancillera Merkel ha perdido su particular cruzada en defensa del derecho de asilo contra la xenofobia conservadora. Solo han faltado los confusos hechos de la noche de Fin de Año en Colonia para virar el sentido de la opinión pública hacia la intolerancia. Francia acusa más que nunca el virus Le Pen, especialmente tras los atentados de París. Y el resto es incapaz de liderar de manera que los nuevos ayatolás de la intolerancia en Hungría y en Polonia campan a sus anchas.

La muerte de Schenguen -la libre circulación de ciudadanos- es la muerte de Europa ha dicho Juncker, más acertado como comentarista que como presidente de la Comisión Europea. ¿Se  limitarán a organizar un entierro austero?