Se lee en minutos

Nos despedimos de 2015 con los clásicos deseos de unas felices fiestas y un feliz año nuevo. 2016 ha llegado, sin embargo, con noticias tristes del mismo tono de las que nos acostumbrarnos a digerir el año que dejamos atrás. En este nuevo año ¿también morirán casi cuatro mil personas, ahogadas en el Mediterráneo en su tentativa de llegar a una Europa gobernada por políticos muchos de les cuales los miran con recelo?

A las cinco de la madrugada del martes 5 de enero, 22 personas de nacionalidad siria, iraní, argelina e iraquí zarpaban de la costa turca en una frágil embarcación camino de Grecia. Pocas horas después, el mar devolvía a las playas turcas los cuerpos sin vida de casi todos, varios de ellos menores de edad. No han sido los únicos en morir ahogados en estas tentativas fracasadas de llegar a Europa en los primeros días de 2016.

La información sobre la muerte de personas por falta de alimentos en la ciudad siria de Madaya se suma a la de los niños manifestándose para pedir más comida en el campo de refugiados de Yarmuk, cerca de Damasco, la de los asesinatos de miembros del colectivo "Raqa está siendo masacrada silenciosamente" por parte de ISIS o los efectos de los bombardeos sobre la sociedad civil.

¿Quién no huiría de esta locura?

Te puede interesar

En 2015, más de un millón de personas han llegado a Alemania procedentes de este infierno y de otros quizás no tan escalofriantes pero igualmente incompatibles con el desarrollo de vidas dignas. Personas aterrorizadas, honestas, preocupadas por la seguridad y el futuro de su vida y de sus hijos e hijas. Personas que nunca robarán, ni abusarán sexualmente de mujeres alemanas durante la noche de fin de año en la estación central de tren de Colonia.

Ponerse en su piel es, quizá, el mejor ejercicio que podemos intentar en este inicio de año. En la piel de los niños y adultos que pasan hambre en las ciudades asediadas de Siria y de los que ven, impotentes, como se les mete en el mismo paquete que delincuentes con los que sólo comparten, a veces, el hecho de haber nacido en el mismo país.