El bar, la familia

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Hace unos años, unos amigos me llevaron a un bar al norte de Nueva York. Se llamaba The Turnpike Inn y estaba en una zona solitaria, cerca de un nudo de carreteras. Cuando entramos, había tres hombres en la barra y un perro tumbado en el suelo de madera. Pedimos cervezas y mis amigos me contaron la historia del barman, de unos 65 años, gordo y bajito, tímido. Era húngaro, de joven ganó la medalla de bronce de halterofilia en unos Juegos Olímpicos y le gustaba tocar el violín. El barman charlaba con los tres clientes, cambiaban de tema, pasaban el rato, y de repente sacó un violín de debajo de la barra y empezó a tocar. Lo hacía bastante mal, pero le ponía entusiasmo. Tres días después volvimos al bar: las mismas caras, el perro, las cervezas. Como si se hubieran movido de allí. Pensé: este es un bar donde envejecer.

En todas partes hay bares con la atmósfera del Turnpike Inn, bares que te acogen cada día y la gracia es volver, bares "donde todos saben cómo te llamas" -como decía la canción de 'Cheers', esa serie sobre un bar de Boston-, bares que son un lugar para socializar o para aislarse, bares que siempre te están esperando.

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Hace poco se ha publicado un gran homenaje a un lugar así: 'El bar de las grandes esperanzas', de J. R. Moehringer (Duomo). Moehringer es novelista y periodista. Colaboró con el tenista André Agassi para escribir su espléndida autobiografía, 'Open'. Ahora en 'El bar de las grandes esperanzas' escribe sus propias memorias de infancia y juventud y, a falta de un padre de verdad, el protagonista es un bar de Manhasset que le hizo de padre. Se llamaba Dickens y estaba en la esquina de su casa. Moehringer entró allí cuando tenía 7 años, buscando a su tío, y ya no salió nunca. El Dickens le dio una educación sentimental, un coro de voces adultas que le aconsejaba y le ayudaba a crecer. Moehringer lo cuenta con un estilo afilado, que tiene esa viveza y el punto justo de drama de los bares irlandeses. Cuando terminas el libro, es como si también te hubieras tomado unas cervezas en el Dickens y, si un día vas por ahí, todos sus habituales sabrán como te llamas

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