Pequeño observatorio

Una red de cultura vivida

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He ido a la biblioteca de Teià, porque me querían hacer algunas preguntas quienes habían leído un libro mío, 'Mi oficio', que la misma biblioteca les había propuesto. Ya hace mucho tiempo que no hago conferencias, pero he recibido algunas veces esta propuesta y siempre he salido alegre y feliz. La biblioteca propone un libro, los que quieran lo leen, luego lo comentan y finalmente se pide al autor que acuda a la biblioteca a contestar las preguntas que le hagan.

Considero que es una iniciativa excelente. Varias personas leen el mismo texto, comentan algún aspecto entre ellas y después comparece el autor para poderle hacer preguntas sobre algún aspecto y se establece un diálogo muy enriquecedor. Cómo interpreta un punto del libro el lector y qué tiene que decir el autor sobre ese punto. Hay, pues, una lectura individual, hecha en casa, y una relectura que propone el escritor -muy similar o no- ante todos los que han leído el mismo libro.

Comentarios y reflexión

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Y del acto público se sacará, además, otro rendimiento: el autor del libro podrá valorar la interpretación de un aspecto de su texto desde una perspectiva de la que no era consciente. Muchos de los lectores de Teià tenían cosas que decir y me daban la oportunidad de reflexionar sobre sus comentarios. Y así se cumplía lo que siempre me ha parecido interesante: un libro no está absolutamente terminado hasta que alguien lo lee y saca alguna conclusión.

Las bibliotecas públicas son los únicos escenarios en los que me siento cómodo -¿me permiten decir feliz?- si he de hablar de mis libros, porque recibo el estímulo de pensar sobre algunos aspectos de la escritura de los que no era consciente. Quizá los oyentes aprenden algo, pero soy yo quien aprende más con las preguntas que me hacen. Y aprovecho la excelente presentación que la bibliotecaria de Teià hizo aquella noche para reconocer lo que están haciendo las bibliotecas del país. Una red de cultura vivida.