11 jul 2020

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Los SÁBADOS, CIENCIA

La hora de clonar

Salvador Macip

La transferencia somática nuclear plantea problemas morales que preferiríamos no tener que abordar

Hace diez años, un científico coreano llamado Hwang Woo-suk se hizo famoso de la noche a la mañana. Salió en la portada de periódicos de todo el mundo y se convirtió en un héroe nacional en su país. ¿El motivo? Ser la primera persona que conseguía aplicar la transferencia nuclear somática a células humanas. Dicho así, no parece gran cosa, pero si explicamos que esta es precisamente la técnica que permitió al equipo de Ian Wilmut obtener la oveja Dolly en 1996 comprenderemos el revuelo que se generó: Hwang había dado el primer paso para clonar una persona.

La comunidad científica se apresuró a remarcar que ese no era el objetivo, ni de Hwang ni de ninguno de los investigadores que trabajaban en el tema. La transferencia nuclear permite poner el ADN de una célula adulta cualquiera dentro de un óvulo y luego estimularlo para que empiece a multiplicarse y formar un embrión, con el objetivo de extraer células madre (lo que se denomina clonación terapéutica). En otras palabras, es un sistema para conseguir células madre personalizadas que se podrían utilizar para regenerar cualquier tipo de tejido sin sufrir por la posibilidad de que el cuerpo las rechazara. Esto, y no la posibilidad de dejar crecer el embrión esperando que terminara naciendo un clon, merecía un premio Nobel.

Pero no hubo ningún premio para Hwang. En el 2007 se demostró que lo que había anunciado era falso. Había manipulado las imágenes de sus artículos, por lo que ningún otro grupo había conseguido reproducir los resultados. Hwang fue denunciado, destituido, humillado y perseguido (su rocambolesca historia a partir de entonces merece un libro entero), y el tema de la clonación terapéutica cayó en desgracia. Parte de la culpa fue también del japonés Shinya Yamanaka, que justo entonces presentaba una manera alternativa de conseguir las células madre personalizadas sin necesidad del paso previo de crear un embrión. Eran las células pluripotentes inducidas, que, esta vez sí, reportaron el Nobel a su creador en el 2012.

Ocho años después de su primera aparición, las células inducidas aún no se han podido utilizar para ninguna terapia. Hay muchos estudios en marcha (el primer ensayo clínico, para tratar una forma de ceguera, tiene lugar actualmente en Japón) y las posibilidades son inmensas, pero también hay expertos que desde el principio creen que, aunque no representan un problema ético (no se destruyen embriones al generarlas), no son ni mucho menos tan poderosas como las células embrionarias a las que se supone que imitan. Es por eso que la investigación en el campo de la clonación terapéutica no se ha detenido del todo, a pesar de que el fraude de Hwang hiciera que el tema perdiera la popularidad que tenía inicialmente.

Hace unas semanas, finalmente se conseguía lo que Hwang había falseado una década antes: Dong Ryul Lee y Young Gie Chung, en Seúl, y Dieter Egli, en Nueva York, generaban las primeras células madre personalizadas humanas usando la transferencia nuclear. Esta vez el impacto mediático ha sido mucho menor, a pesar de que el grupo del doctor Egli incluso ha ido un paso más allá: con esta técnica ha generado células productoras de insulina que, una vez trasplantadas en ratones, dicen que funcionan normalmente. El potencial para tratar la diabetes, una vez se solucionen una serie de obstáculos técnicos, es fenomenal.

Pero la transferencia somática nuclear es una técnica incómoda. Plantea una serie de problemas morales que preferiríamos no tener encima de la mesa. Para empezar, hay que obtener un número importante de óvulos de donantes, lo que no es sencillo. Si la técnica realmente se hiciera popular, ya hay quien se imagina que se acabarían instaurando granjas de mujeres pobres que venderían sus óvulos para que los países ricos pudieran usarlos. Además, siempre existe el temor de que algún irresponsable aproveche los conocimientos para continuar por otro camino y terminar generando clones de verdad. Las implicaciones éticas de tener copias genéticas de alguien corriendo por el mundo son demasiado complejas para detallar aquí, sobre todo teniendo en cuenta que hoy en día es muy fácil obtener ADN de una persona sin que se dé cuenta: basta con robarle un cabello o un poco de saliva. Así pues, podría ser relativamente sencillo clonar a alguien contra su voluntad.

Las células pluripotentes de Yamanaka deberían ahorrarnos todo esto, si acaban funcionando, pero ahora ya es demasiado tarde: hemos abierto la caja de Pandora y no podemos hacer ver que no pasa nada. Tarde o temprano tendremos que coger el toro por los cuernos y discutir cómo regulamos las técnicas de clonación para que podamos aprovechar todo su potencial terapéutico sin crear un descalabro social. Si es que eso es posible.

Médico e investigador en la

Universidad de Leicester.