03 abr 2020

Ir a contenido

El futuro de la enseñanza

Evaluación y calidad educativa

Lluís Font

Una estrategia compartida es tan importante para un sistema eficaz como los recursos económicos

En un mundo globalizado, la educación es el gran activo de un Estado con voluntad de ser y de garantizar el bienestar de la ciudadanía. Desde la educación infantil hasta la formación continuada, todas las etapas son importantes y juegan su papel en la creación de valor. Unas ponen los cimientos y potencian las inteligencias múltiples, las otras tienen la responsabilidad de especializar la fuerza de trabajo. En este escenario cuentan mucho los recursos económicos y estructurales disponibles, así como la valía profesional y personal de los educadores, pero también el pensamiento estratégico: la capacidad de una sociedad de discernir qué quiere conseguir, qué visión tiene de cómo ha de ser el sistema educativo y de qué realidad parte. Desplegar las aptitudes y destrezas de las personas y liberar las energías creativas, constituye el objetivo por excelencia de un país pequeño sin muchos recursos naturales, de una tierra poblada por personas comprometidas en desarrollar su talento para ser libres.

El progreso se fundamenta, así , en la reflexión lúcida sobre el qué y el cómo. La buena intención, la simple proclamación de objetivos ambiciosos, no desencadena procesos de mejora consistentes. En términos de las pruebas PISA, Polonia es un ejemplo. La progresión en los resultados de las competencias básicas entre el 2003 y el 2012 es constante y responde a la voluntad del país de poner al día su sistema educativo. El factor clave reside en un trípode: el acierto en el diagnóstico, la claridad a la hora de formular las metas a alcanzar y la fiabilidad de los mecanismos de evaluación, pruebas PISA incluidas. Así, sin un consenso en las prioridades, una constancia en la aplicación de determinadas políticas educativas y el establecimiento de unos indicadores sólidos que midan el grado de éxito de los objetivos, no hay proceso de mejora real. En ausencia de un pensamiento estratégico queda el genio y el voluntarismo, incapaz de elevar a categoría lo que es una excepción brillante.

En Catalunya las pruebas de competencias básicas fueron implantadas en 6º de educación primaria por el conseller Maragall y en 4º de ESO por la consellera Rigau. Hay un consenso amplio entre los políticos que han gestionado el Departament de Ensenyament en los últimos años y los expertos en la materia al considerar que constituyen un elemento esencial en la mejora de la calidad educativa. La reflexión sobre los datos que se derivan tiene incidencia en tres niveles: en el conjunto del sistema, en la medida en que permite modelar un entorno global de enseñanza-aprendizaje más exitoso, en las escuelas y los institutos, como motor de renovación y de mejora, y entre los alumnos, a la manera de un principio de realidad que favorezca el pleno desarrollo de sus capacidades. La secuencia de resultados en los dos primeros niveles evidencia el grado de dinamismo o estancamiento de la institución educativa.

Obviamente, no se pueden idolatrar los datos obtenidos ni se debe hacer publicidad de los que corresponden a los centros y los alumnos. La experiencia de otros países indica que los rankings de escuelas terminan polarizando los sistemas educativos a partir de variables socioeconómicas. Las clases medias abandonan las escuelas con resultados deficientes, aunque muestren indicios de evolución positiva, lo que acentúa la guetización de determinados centros. Lo que hace falta es poner en relación los resultados de las pruebas de competencias básicas con los informes periódicos de la inspección educativa y con los mecanismos internos de evaluación de que dispone cada centro. El conjunto de los datos describe la realidad presente de las escuelas y los institutos, y los alumnos, una realidad sobre la que se puede incidir por parte del equipo de maestros y profesores estableciendo objetivos de mejora que serán evaluados los años posteriores.

Los resultados correspondientes al conjunto del sistema, que el Consejo Superior de Evaluación hace públicos, son una herramienta útil para saber dónde estamos. Esto debería propiciar un debate serio de país, como ha ocurrido en Francia con la implicación de Morin, Finkielkraut y otros intelectuales. A partir de la premisa de que las políticas educativas deben basarse en evidencias, debemos reconocer cuál es el punto de partida y qué modelos internacionales de referencia existen para avanzar en la dirección deseada. Dada la continuidad que la LEC ofrece, en Catalunya tenemos la oportunidad de innovar manteniendo un marco estable. En España, la alternancia en el poder de conservadores y liberales, tal como lo han practicado desde el siglo XIX, hace imposible combinar estabilidad e innovación, dos de las variables esenciales en la mejora de la calidad.