07 abr 2020

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Gente corriente

Fina Rubio: «El equilibrio salarial se da por abajo, solo en lo precario»

Olga Merino

Hija de inmigrantes, Fina Rubio Serrano (Alhama de Murcia, 1953) llegó a Barcelona con 6 meses, y se siente catalana como el que más. La fundación que preside (www.surt.org) cumple este año dos décadas de andadura en defensa de la mujer.

—¿Cuánto tiempo lleva en la pelea?

—Huy… Empecé a hacer política a los 16 años, y en aquel entonces la preocupación social iba muy en paralelo con el trabajo en grupos de mujeres. Yo me he hecho persona de una manera inseparable del feminismo.

—¿Le molesta la etiqueta?

—¡En absoluto! Me siento muy orgullosa de serlo. Es uno de los movimientos que han tenido más capacidad transformadora de la sociedad.

—En los años 70, ¿era más difícil?

— Yo era muy jovencita cuando se celebraron las primeras jornadas feministas, y a pesar de todas las equivocaciones entonces aún creíamos que era posible cambiar el mundo.

—Algo se consiguió.

—Hubo luchas feministas muy importantes que desembocaron en la ley del divorcio (1981) y la del aborto (1985). Fue una época muy rica. Ahora, en cambio, es más difícil.

—¿Por qué?

—Hemos avanzado mucho en leyes, pero se extiende la idea de que la igualdad ya está ganada, y eso tapa la realidad: la discriminación persiste. Y con la crisis, retrocedemos más.

—¿Afecta más a las mujeres?

—El paro, con seis millones de afectados, nos golpea a todos por igual, pero al mismo tiempo está calando el discurso de que la discriminación femenina ya no es un problema prioritario. En Surt nos encontramos cada vez más con mujeres que han caído en picado, clase media que se encuentra en paro o sin prestación.

—¿Síntomas de la desigualdad?

—En primer lugar, el techo de cristal, la escasez de mujeres en puestos de responsabilidad (12% de directivas), cuando la población universitaria es mayoritariamente femenina.

—¿Y en segundo?

—El suelo pegajoso; es decir, las fuerzas que mantienen a tantas mujeres atrapadas en la base de la pirámide económica. El paro de larga duración y los trabajos temporales continúan afectando más a la mujer. La brecha salarial se sitúa en torno al 22%, y si se produce un cierto equilibrio solo es en las franjas más bajas, en la precariedad. Además, la pérdida de recursos (escuela, becas de comedor, recortes en la ley de dependencia) tiene un impacto mayor sobre la mujer.

—La casa y los niños, para nosotras. ¿No hemos avanzado?

—Este es un objeto de debate permanente. Los cambios culturales son muy lentos, y la adjudicación de roles se mantiene.

—¿Tenemos algo de culpa?

—Sí y no. Entiendo que es muy difícil mantener batallas las 24 horas del día, por lo que no me parece justo culpabilizar a la mujer.

—Si la cocina está hecha un asco, nos remangamos nosotras.

—¡Nos han educado así! Más que responsabilizar a la mujer, debemos hacer políticas destinadas a cambiar el modelo patriarcal.

—¿Nos hemos equivocado?

—Carreras profesionales y, además, la casa y la familia; como decía mi madre, para este viaje no hacían falta alforjas. Pero el problema no es este. Es muy significativo que, en el orden de prioridades, lo primero que se recorte sean las becas de comedor. Sin Estado del bienestar es muy difícil avanzar en derechos.

—En su caso, ¿cómo ha compaginado la vida familiar con el trabajo?

—Como todas: dedicando mucho tiempo a todo. No he tenido hijos por opción personal.

—¿El problema es la maternidad?

—Son las tareas. Conozco a muchas mujeres que han sido madres y que han hecho incluso más que yo. Ser madre trabajadora implica siempre un sobreesfuerzo enorme.

—De haber tenido una hija, ¿qué lección de vida le habría transmitido?

—Que fuera autónoma y que tomara ella misma las riendas de su vida.