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La rueda

Corrupción y final de ciclo

Enric Marín

Viendo el uso táctico que la mayoría de los partidos hacen del tratamiento de la corrupción política, nadie diría que nos encontramos en un final de ciclo político. Un final marcado por una crisis económica, política y cultural y de valores. Crisis que atraviesa todo el tejido social de arriba abajo, y en la que la corrupción es el síntoma más visible e irritante. Cuando la aluminosis amenaza las vigas maestras del edificio institucional y la crisis económica ya ha derivado en crisis social, los representantes políticos de las fuerzas mayoritarias no dudan en enfangarse aún más con el recurso de vuelo gallináceo del ¡y tú más!

No parece que los principales actores del sistema político español estén en condiciones de hacer una lectura correcta de la situación. De entender que se ha acabado un ciclo. Tomar nota del hecho de que el sistema de partidos y toda la arquitectura institucional construida a partir de los pactos de la transición ya se ha agotado. Tampoco de que el modelo económico basado en el concepto nacionalista del Gran Madrid y la cultura del pelotazo es del todo insostenible. Y menos de que la solución de diluir la singularidad nacional catalana o vasca con la propuesta del café para todos ha fracasado rotundamente. Creen que la respuesta es terminar de aguar el café. Pero en el caso de Catalu-nya ya es evidente que hay una contradicción insoluble entre el concepto de España hegemónico y la necesidad objetiva de aumentar y reforzar sólidamente la capacidad de decisión catalana en los ámbitos económico, político y cultural.

Puede parecer una paradoja, pero la solución a los problemas de España pasa por afrontar los dos retos que más inseguridad generan en el nacionalismo español: Europa y el ejercicio del derecho a decidir de los catalanes. Sin limitación competencial y territorial de su soberanía no se abrirá con suficiente fuerza el necesario debate de la actualización del concepto de España.

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