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TESTIGO directo

El iconoclasta de la disidencia china

Adrián Foncillas

Ai Weiwei entronca con Oscar Wilde o Sócrates: el ingenio contra la burocracia, el arte contra las normas, el hombre contra el sistema. Y la certeza de la imposible victoria. El artista y disidente perdía esta semana otra batalla cuando la justicia desestimaba su recurso contra la multa de 15 millones de yuanes (1,7 millones de euros) por fraude fiscal. El tribunal se limitó a corroborar lo decidido por la Oficina de Impuestos sin que Ai pudiera siquiera personarse. Aunque es fácil ver la motivación política, la acusación no es demencial porque el fraude fiscal es rampante en China. Sí lo es la investigación por difusión de pornografía debido a una fotografía artística donde aparece desnudo con cuatro mujeres.

El barbudo iconoclasta libra la más cruda de las batallas con Pekín que se recuerda. Ai ya advirtió meses atrás que la convertiría en una performance social y en eso está. En los últimos días ha distribuido fotografías disfrazado de obrero en una fábrica y de guardia de seguridad, "trabajando para pagar la multa". Nunca escaseó de ingenio. Es célebre su fotografía tapado apenas con una alpaca, cuya pronunciación en mandarín se asemeja a «jode al Comité Central del Partido». O su vídeo bailando y entonando en un aparcamiento pequinés la canción infantil Cao ni ma, literalmente Hierba, barro y caballo y fonéticamente cercano a «Jode a tu madre», expresión adoptada por la disidencia.

Ai es tenaz, irreverente, juguetón y un experto dominador de las nuevas tecnologías, que ha convertido en el escenario de su lucha. Se rió del atosigante control policial colocando cámaras en su casa que lo filmaban las 24 horas del día, incluso cuando dormía, que podían seguirse por internet. Cuenta con casi 200.000 seguidores en Twitter a pesar de estar prohibido en China.

LA BATALLA MÁS CRUDA. Ai sabe lo suficiente de los nuevos tiempos informativos como para encapsular su mensaje y servirlas al gusto del paladar occidental. Lo que le falta de profundidad y, a menudo, de justicia, le sobra de contundencia. En cada embate desnuda la pesadez del contrincante: no hay mejor publicista que Ai ni gobierno con peor asesor de imagen que el chino. También es lo suficientemente listo como para saber que la ridiculización de Pekín es una victoria pírrica. Todos recuerdan cómo acabaron Oscar Wilde y Platón. Por suerte, esta China no es, pese a lo que uno perciba tras la lectura de la prensa occidental, ni la Inglaterra victoriana ni la Atenas clásica.

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