01 jun 2020

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Pequeños detalles

Frases vacías para mentes huecas

Josep Cuní

Administrar la complejidad. Otro de los paradigmas que imponen los nuevos tiempos. Escuelas de negocios, revistas especializadas, seminarios para gestores y gurús de las tendencias van inoculando la sentencia como si antes todo hubiera sido fácil. Es evidente que las nuevas tecnologías han llegado para simplificarnos las cosas mientras nos abandonan a nuestra suerte para cuando llegue la factura de sus consecuencias. Y que los complejos ámbitos económicos incapaces de evitarnos una crisis pretenden aleccionarnos ahora con el descubrimiento del caos como si no hubiera sido este el inicio del orden del universo. ¿Hace falta recordar qué fue el big bang? Pues bien, será porque nos apuntamos al bombardeo de la retórica hueca que nos repiten que, como todo está tan enmarañado, no es fácil encontrarle el hilo a la madeja. Y nos lo sueltan como una explicación que suena a justificación ante la incapacidad de algunos de brindarles esperanzas a muchos.

Que el mundo de la globalización es más complejo que el anterior es una obviedad. Y que si en lugar de cantarnos las excelencias de lo que se avecinaba nos hubieran preparado para su cruda realidad, es un reproche. Pero como sea que de nada nos sirve lamentarse de aquello que pudo haber sido y no fue, no caigamos en la tentación de mirar por el retrovisor cuando el riesgo de accidente está delante. Me temo que cuando nos insisten en la necesidad de aprender a administrar la complejidad nos están diciendo que no tienen pajolera idea ni de qué está pasando ni hacia dónde vamos.

Cuando los ilustres pensadores de nuestros líderes les insisten en la utilización de ese tipo de expresiones vacuas les están ayudando a disimular otro trance. No tienen proyecto alguno. Lo peor es que nada se vislumbra en el horizonte que se parezca a un plan sólido, riguroso, lógico, coherente y plausible para superar alguno de los mil y un enredos que sufrimos. No se aprecia en lo económico ni en lo político, en lo mundial ni en lo local. Por eso nos movemos en el permanente vaivén de lo dicho contra lo entendido, lo supuesto contra lo real y lo anecdótico contra lo trascendente. Todo apunta que lo único claro es que todo es confuso. Y que nadie quiere admitirlo y decirnos la verdad desconfiando de una ciudadanía ansiosa de sensatez y sinceridad. Aquí por unas cosas, allá por otras y en ambas partes por las mismas. De sobra sabemos que el mundo ya es un pañuelo. Si era una frase popular de cuando todo estaba estructurado y parecía inmutable, ¿qué no va a ser cuando el efecto mariposa nos resfría por una tos china o un estornudo libio?

Es por eso que, ante tanta impotencia, nada mejor que exigir proyectos. Ideas factibles e intenciones posibles para nuestros pueblos y ciudades, naciones y estados. Y pedírselos, por ejemplo, a nuestros candidatos a alcaldes el 22 de mayo con la convicción de que si no los tienen no nos interesan y si nos lo venden que sea con garantía. Puesto que los ayuntamientos son la administración más cercana, empecemos la reconstrucción desde abajo. No pidamos la luna, pero tampoco aceptemos la cesta.