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Los cambios que han surgido tras el verano del 2008

El final del optimismo

Carlos Carnicero Urabayen

Estados Unidos ha entendido que debe ser pragmático y reconocer los límites de su poder

Sin duda, la fecha del cambio mundial de ciclo es el verano del 2008, comienzo del siglo XXI en términos geoestratégicos. El 8 de agosto, mientras China impresionaba al mundo con sus Juegos Olímpicos, los tanques rusos ocupaban territorio georgiano. Poco después, Estados Unidos sufrió su particular 11-S financiero: el 15 de septiembre se colapsó el gigante Lehman Brothers. Las réplicas de aquel terremoto no han dejado de sucederse.

Mientras Europa y EEUU siguen sin ver una salida a la crisis, las economías emergentes -China, la India y Brasil a la cabeza- muestran su fortaleza y parecen impermeables a la hecatombe. El pesimismo se ha adueñado de Occidente: la tradicional percepción de que el futuro será mejor se ha desvanecido.

La literatura sobre la decadencia de Occidente prolifera en las librerías universitarias. En su reciente libro, Zero-Sum World, Gideon Rachman da cuenta del final de una época: la que comenzó con la caída del muro de Berlín y culminó con la caída de Lehman. Durante la era del optimismo, el futuro siempre se presentaba mejor. En el ámbito político, continuó la ola democratizadora -en Europa fue paradigmática la transición de las repúblicas exsoviéticas hasta la entrada en la UE- y, en el ámbito económico, la globalización se presentaba como un fenómeno del que todos los jugadores saldrían beneficiados. Paradigma en revisión en la medida en que China se consolida sin democracia y comienza a ser vista -sobre todo en EEUUSEnD como una amenaza.

Estados Unidos y Europa han reaccionado de forma diferente: el primero, con un reconocimiento de los límites de su poder en el dibujo del nuevo mundo; y la segunda, con falta de unidad y con crecientes nacionalismos. Ambos en decadencia, no fortalecen su alianza.

En EEUU el cambio de paradigma ha sido sobresaliente. Los años de George Bush en el poder fueron un ejercicio sin mesura de un idealismo neoconservador. El mundo estaba llamado a ser como ellos, por lo que Bush adoptó una actitud mesiánica: se presentaba a sí mismo como un enviado de Dios para democratizar, a su manera, Oriente Medio. Tal fue la excitación que logró instalar en la sociedad europea, escéptica para usar la fuerza, el debate sobre la justificación de implantar nuestro modelo de democracia en lugares remotos a base de bombas.

Para lograr su propia supervivencia en el liderazgo mundial, Obama ha entendido que su país debe ser un actor pragmático que reconozca los límites de su poder. Analizadas en detalle, las promesas más estimulantes de Obama son un medio para lograr un fin práctico: el desarme nuclear en realidad es la mejor manera de lograr un Estados Unidos seguro (dada la posibilidad de que las temibles armas caigan en manos ajenas a la lógica de la disuasión); la apuesta de paz en Oriente Medio y la oferta de diálogo a Irán son en interés de una nación con menos amenazas y, por tanto, más segura.

Pero el ejemplo estrella del cambio es Afganistán, en el pasado terreno de batalla del idealismo y en el presente laboratorio del nuevo realismo. No hubo nada extraordinario en que EEUU lanzase una operación militar contra quienes habían dado cobijo a los terroristas del 11-S.

Pero enseguida se sumó un noble objetivo: democratizar Afganistán y terminar con la tortuosa situación de las afganas. Empeño noble, pero utópico (al menos en el corto y medio plazo). Y la prueba es el anuncio de la progresiva retirada de las tropas y el inicio de conversaciones de paz con los talibanes. En el nuevo pragmatismo norteamericano, los talibanes solo serán un problema en la medida en que se compinchen con los terroristas de Al Qaeda.

Europa no ha reaccionado al cambio de ciclo, pero sí ha sufrido en sus carnes la nueva actitud norteamericana. Primero Obama canceló su cita con los europeos en mayo pasado (cuando en Madrid ya se había desempolvado la alfombra roja); después la cumbre se celebró en Lisboa, pero se produjo en paralelo con la reunión de la OTAN. ¿No es revelador que Obama estuviera de gira 10 días por Asia y después dedicara 24 horas a sus aliados europeos?

Concluido el primer aniversario del Tratado de Lisboa, asistimos a lo limitado de sus efectos. El nuevo marco facilita la actuación conjunta de la Unión, pero requiere voluntad política de las capitales europeas. La crisis del euro ha confirmado que Alemania, tradicional locomotora de la UE -ahora más confiada que nunca gracias a su fortaleza económica- busca su futuro mirando hacia el Este (sobre todo hacia Rusia y China), mientras que percibe a sus vecinos del sur de Europa como una carga del pasado. Y descarrilada la locomotora de la Unión, no parece que Cameron o Sarkozy puedan o quieran suplantar ese liderazgo. En Europa, da la impresión de que los países que fueron sus grandes promotores se deslizan con paso separado hacia la irrelevancia. 

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