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En sede vacante

Perdido en 'La casa de la pradera'

Josep Maria Fonalleras

No creo que ninguno de los fanáticos de Lost lea hoy este artículo. Con mucha suerte, quizá lo lean mañana. Y digo que quizá lo lean porque imagino que, hurgando en la red, y aunque sea desde la humildad de una columna periodística, este texto estará en la lista interminable de referencias mundiales sobre la serie que finalizó esta madrugada. En todo caso, lo que es seguro es que no lo leerán hoy, porque estarán cansados, porque dormirán, porque aún vivirán impresionados bajo los efectos del final de la aventura de todos aquellos que cayeron del cielo por culpa de un accidente del vuelo 815 del Oceanic Arlines entre Sidney y Los Ángeles. Esta madrugada, después de haber vivido reuniones sectarias, de haber comido y bebido lo que comen y beben los perdidos de ficción, después de haber compartido teorías y suposiciones, experiencias propias y ajenas, alucinaciones y dependencias, los seguidores de la serie habrán podido contemplar la resolución en el mismo instante que el resto de fieles de todo el mundo. Les felicito. Naufragar en un mar de pasión siempre es más dulce que dejarse llevar por la fatiga y el tedio, y es muy probable que los espectadores de Lost, oficiantes de un culto laico con notables connotaciones esotéricas, sean hoy hombres y mujeres felices. No sé si el final les habrá convencido, pero es probable que hayan encontrado las claves que darán sentido a sus vidas. Me alegro.

No puedo decir que sea un detractor. He visto dos episodios y solo sé que los protagonistas (hay uno muy gordo) viven la mayor parte del tiempo en una isla y nunca saben si el tiempo va hacia delante o hacia atrás o se para. Con estos conocimientos, no puedo opinar. Observo el fenómeno desde la distancia del incrédulo y la apatía del ignorante. Yo me detuve en La casa de la pradera.

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