Entrevista
Douglas Stuart, escritor: "Crecí convencido de que la gran novela solo podía tratar de vidas refinadas; necesitabas una mansión o pertenecer a la clase alta"
El autor de 'Historia de Shuggie Bain' cierra su tríptico sobre la masculinidad escocesa con 'John, hijo de John'
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Douglas Stuart durante la presentación de su novela ‘John, hijo de John' / Europa Press

Seis años después de ganar el Booker con 'Historia de Shuggie Bain', portentosa novela de iniciación en la que infiltró buena parte de sus recuerdos como adolescente gay crecido en una desastrosa familia de los suburbios de Glasgow, Douglas Stuart (Glasgow, 1976) regresa estos días a las quinielas del prestigioso galardón británico con 'John, hijo de John' (Random House; 'John, fill d'en John' en la edición en catalán de Edicions de 1984), despedida y cierre de su tríptico sobre la masculinidad escocesa y la clase obrera en el último tercio del siglo XX.
Entre ambas, completando ese tapiz de familias hechas trizas y consecuencias devastadoras de la reconversión industrial, los amores trágicos de 'Un lugar para Mungo', a la que llegó tras vender más de un millón y medio de ejemplares de su debut. Todo un logro para un autor y diseñador de moda que acabó coleccionando hasta 40 cartas de rechazo de su primer manuscrito. "Escocia se ha convertido en uno de los países más liberales e inclusivos de Europa, pero junto a esa transformación también percibo una especie de borrado. Cuando era niño yo me sentía borrado: no podía hablar de que éramos pobres, de que había adicción en mi casa o de que era gay. Sentía muchísima vergüenza y tenía que guardármelo todo. Y ahora vuelvo a sentir una forma de borrado porque todo aquello que viví ha desaparecido y tengo la sensación de que la gente no quiere hablar de ello, no quiere enfrentarse a ello", reflexiona Stuart a su paso por Barcelona para presentar un nuevo libro que hurga en una maltrecha relación padre-hijo en una diminuta isla de las Hébridas Exteriores.
¿Cómo llega a 'John, hijo de John’?
Sabía que quería seguir escribiendo sobre la clase trabajadora y sobre lo que significa ser gay dentro de la clase trabajadora, pero todo lo que había escrito estaba ambientado en entornos urbanos, así que decidí dedicar doce semanas a recorrer las islas occidentales, las Hébridas Exteriores, para ver qué encontraba. Terminé reuniendo más de cien horas de entrevistas grabadas con el teléfono alrededor de mesas de cocina. A veces, al conocerme, me preguntaban: "No serás de la BBC, ¿verdad?". Y yo respondía: "No, no soy de la BBC". Entonces decían: "Pues entra, entra". Son personas muy discretas y tenían que tener cuidado de no decir algo comprometido. Lo que no sabían era que yo acabaría siendo el autor de 'Historia de Shuggie Bain' y se lo contaría al mundo entero.

Douglas Stuart, fotografiado en Barcelona / Alejandro García
En la novela estamos a mediados de los años noventa y Cal, el protagonista, regresa a la isla de Harris tras terminar sus estudios de diseño textil en la escuela de arte de Glasgow.
Harris es una isla increíble, bastante dura, en la que se daban cuatro cosas que me parecían fascinantes: la lengua gaélica, el tejido Harris Tweed, el crofting —una forma de agricultura de subsistencia basada en pequeñas explotaciones— y, por último, una forma muy devota de presbiterianismo libre, que es una de las variantes más estrictas del calvinismo. Yo nunca pertenecí a esa iglesia , pero tuvo un gran efecto en mi autoestima.
¿Y eso?
Es una iglesia muy pequeña, pero ha ejercido una enorme influencia sobre la psique escocesa, con sus ideas de que Dios siempre tiene razón o que todos nacemos, vivimos y morimos en pecado y que acabaremos en el infierno. También está la cuestión de ser queer en las islas. Son comunidades muy afectuosas, muy unidas, pero nadie lo reconocía ni quería verlo. Por eso todos mis amigos se sentían invisibles dentro de sus propias comunidades. No era la misma homofobia que yo había experimentado en el continente, pero sí era una forma de homofobia, porque sencillamente no existías. Además, recibíamos ese mensaje al mismo tiempo que el thatcherismo enviaba desde el sur la idea de que la clase trabajadora no importaba, de que estábamos entorpeciendo el camino hacia una nación moderna. Durante cien años, mi bisabuelo, mi abuelo y mi padre habían entregado sus cuerpos y sus vidas a trabajos extremadamente duros y peligrosos y de pronto era como si nos hubieran tirado a todos a la basura.
Durante cien años, mi bisabuelo, mi abuelo y mi padre habían entregado sus cuerpos y sus vidas a trabajos extremadamente duros y peligrosos y de pronto era como si nos hubieran tirado a todos a la basura"
En este sentido, todos sus libros parecen querer retratar lo que un sistema económico como el neoliberalismo puede hacerle a un país, a una familia. ¿Es su manera de escribir novela política?
Y no solo eso: es mi oportunidad de responder a ese sistema, porque cuando era niño no tenía ningún poder, ninguna capacidad de acción. Incluso colectivamente, como clase trabajadora, teníamos muy pocos medios para influir sobre nuestro propio universo. Ahora, como escritor, tengo una voz. Puedo decir que fue profundamente injusto y destruyó al menos a dos generaciones de hombres y mujeres. Fue una época realmente muy dura. También es cierto que las personas 'queer' hemos esperado durante siglos para poder responder a la religión. Si hubiéramos dicho determinadas cosas en 1940, nos habrían condenado al ostracismo. Hubo épocas en las que nos habrían quemado en la hoguera o encarcelado. Ahora siento que por fin podemos responder.
‘John, hijo de John’ es también una novela sobre las no siempre fáciles relaciones entre padres e hijos.
Mi padre se marchó cuando yo tenía cuatro años y murió cuando yo tenía unos nueve o diez. Mi madre siguió adelante sola durante muchos años, pero sufrió una terrible adicción y murió cuando yo tenía dieciséis. Así que, aunque no tengo padres, veía cómo todos mis amigos, ahora que también habían llegado a cierta edad, empezaban a preocuparse por el cuidado de los suyos.

El escritor Douglas Stuart, en Barcelona / Eli Don
La clase obrera, lamenta, nunca ha tenido un protagonismo especialmente activo en la literatura 'queer'.
Como lector crecí amando la literatura de clase trabajadora y la literatura 'queer', pero las dos cosas solo se solapaban cuando se escribía sobre el deseo hacia los cuerpos de la clase trabajadora. Pienso, por ejemplo, en 'Maurice', de E. M. Forster, o en Alan Hollinghurst. Pero seguían siendo escritores de clase media o alta escribiendo sobre el cuerpo masculino de clase trabajadora como objeto de deseo, como objeto de lujuria. La mente, la vida interior o las condiciones sociales de una persona 'queer' de clase trabajadora nunca quedaban registradas. Eso no interesaba a los escritores. Lo único que querían era la musculatura del cuerpo. Podíamos ser objetos de deseo dentro de la literatura, pero nunca nos concedían interioridad. Yo había crecido convencido de que la gran novela, la novela importante, solo podía tratar sobre vidas refinadas. Si querías celebrar mediante la belleza del lenguaje una vida y unas determinadas condiciones sociales, parecía que necesitabas una mansión, estar en una universidad o pertenecer a la clase alta inglesa.
Por cierto, ¿existe un código de honor como el de libro, con solo un telar por casa y un único tejedor por pieza para que todos los isleños puedan ganarse la vida?
En cuanto llegué a las Hébridas comprendí que eran lugares desesperadamente prácticos: los hombres y las mujeres tenían a menudo tres o cuatro trabajos simplemente para conseguir una subsistencia básica. En el caso del Harris Tweed, además, se trata del único tejido del mundo que cuenta con un sello real de autenticidad. Cada pieza, cada rollo de Harris Tweed, tiene que ser inspeccionado antes de recibir ese sello. Y una de las condiciones es que haya un tejedor y un telar. De ese modo puedes rastrear el tejido hasta el hombre o la mujer que lo confeccionó. En cuanto la Harris Tweed Authority me explicó que esa era una de las normas, mi reacción como novelista fue: "Ah, pues voy a romper esa norma". Porque quería mostrar hasta dónde puede llevarte la desesperación por ganarte la vida. Así que lo que hacen John y Cal es completamente tabú. No pueden trabajar por turnos utilizando el mismo telar. De hecho, si la autoridad descubriera que lo hacen, ambos quedarían excluidos y ya no podrían tejer Harris Tweed. Pero creo que la gente siempre hace lo que necesita para sobrevivir.
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