Crítica de ópera

Aplausos y protestas para la poderosa 'bohème' 'furera'

  • El público del Liceu protestó ante una renovadora y visualmente impresionante propuesta escénica de Àlex Ollé, codirector de La Fura dels Baus, y en cambio ovacionó las voces de un reparto joven pero muy justo

Escena de ’La boheme’ de Puccini en versión de Àlex Ollé, en el Liceu.

Escena de ’La boheme’ de Puccini en versión de Àlex Ollé, en el Liceu. / DAVID RUANO

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Pablo Meléndez-Haddad

En febrero de 1996, el Regio de Turín celebró el centenario del estreno de la popular ópera ‘La bohème’ de Puccini contando como protagonistas con Mirella Freni y Luciano Pavarotti. Dos décadas más tarde el coliseo italiano quiso revivir ese estreno absoluto encargando al director de escena barcelonés Àlex Ollé, de La Fura dels Baus, un nuevo montaje que es con el que el ‘regista’ se ha estrenado esta noche en el Liceu como artista en residencia del Gran Teatre con algún abucheo de reprobación.

La impresionante propuesta teatral, con una descomunal escenografía de Alfons Flores, espléndidamente iluminada por Urs Schönebaum, traslada la acción del París romántico del siglo XIX a la actualidad, una traslación que, limando ciertas incongruencias, funciona considerablemente al tratarse de un drama universal. Hay manteros, pobreza energética, ‘homeless’... Esta Mimì del siglo XXI podría morir de sobredosis, cáncer, sida o covid, y sus amantes y amigos podrían tener los mismos perfiles que los que inspiraron a Puccini.

'La bohème' va de juventud, del ansia de vivir, del amor y del sexo, algo latente tanto en el París de hace dos siglos como en el corazón de un barrio marginal occidental y, por supuesto, en el París de hoy, que es hacia donde Ollé mira en esta producción. Y si de pobreza y sueños rotos se trata, la particular estética de esos barrios multiculturales queda reflejada a la perfección en el vestuario chillón y poco agraciado de Lluc Castells. Parece, en todo caso, que un pobre nunca puede ser mínimamente elegante...

Bien dirigida por un Gianpaolo Bisanti atento al detalle, creativo y maestro en la adecuada tensión teatral, atentó en su contra una compañía de canto deficitaria y la utilización para la percusión de los palcos de proscenio, con una Simfónica liceísta que respondió con oficio, pero sin acabar de empastar. El Coro del Liceu, aunque no brillara por la calidad global de las voces, sí mostró un trabajo profesional.

Reparto joven

El Liceu contó con un reparto joven pero muy justo, el cual asimiló la propuesta teatral pero no estuvo a la altura de un primer reparto. La Mimì de Anita Hartig mostró la fragilidad del personaje gracias a una actuación convincente y al metal de su voz, con momentos conmovedores, pero también con alguna nota errada y con graves inconsistentes. El Rodolfo de Atalla Ayan aportó un fraseo elegante, aunque resultó inaudible en muchos momentos de este fundamental papel, mientras Valentina Naforniţa dibujaba una Musetta inestable, de ‘vibrato’ acusado y sin graves. Marcello no es un papel para Roberto de Candia, de voz gris y poco proyectada. El hermoso dúo con Rodolfo del acto final fue casi puramente instrumental.

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Toni Marsol aportó un histriónico Schaunard, presentando problemas de cuadratura y no se entiende que se contrate como Colline a un ¿bajo? extranjero como Goderdzi Janelidze, que poco aportó al rol.

Cuesta entender que el público liceísta casi ovacionara estas voces y que, en cambio, protestara una renovadora y visualmente poderosa propuesta escénica.

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