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Un cine de Los Ángeles, cerrado por la pandemia

Un cine de Los Ángeles, cerrado por la pandemia / EFE / JAVIER ROMUALDO PÉREZ

El sector de la exhibición se encuentra en el epicentro de una tormenta que aparentemente tardará en escampar y cuyos efectos podrían ser devastadores. La piedra angular del entretenimiento colectivo y palanca económica de la industria cinematográfica se ha visto afectada por la acción combinada de las cuatro grandes consecuencias de la pandemia mundial: las restricciones que ha impuesto el distanciamiento social para evitar nuevos contagios, el corte de suministro de grandes estrenos, el creciente interés por impulsar los estrenos en vídeo bajo demanda y el cambio de hábitos del consumidor, cuyas forzosas prácticas digitales (algunas recién adquiridas) podrían no tener retorno.

Esta última es, quizás, la pieza que suele estar ausente en todos los debates. Planea la certeza de que, una vez haya vacuna, la afluencia de espectadores alcanzará los niveles prepandemia. Y de que el reto es resistir con la persiana abierta. La digitalización de gran parte de las actividades que realizábamos fuera de los hogares y de forma 'social' antes del confinamiento y las medidas sanitarias y de distanciamiento adoptadas en la progresiva reapertura de los recintos no está, precisamente, incentivando  la vuelta a la situación anterior en beneficio de las rutinas recién adquiridas. La seguridad en los recintos acentúa la cautela, y la cautela no incentiva el consumo.

Las compañías han comprendido que el negocio digital ya no puede concebirse como algo complementario

Las compañías han comprendido que el negocio digital ya no puede concebirse como algo complementario: necesita convertirse en el epicentro estratégico con un horizonte plagado de incertidumbre. Esta necesidad ha forzado a las 'majors' a incorporar cambios en la comercialización clásica de sus productos. Disney y Universal han sido las primeras. Y probablemente no tardarán en sumarse más. La hoja de ruta parece clara: aplazar las grandes apuestas a la espera de cómo evolucione la situación y, en paralelo, reforzar la estrategia digital.

La realidad es que gran parte de los circuitos de exhibición están sufriendo las consecuencias de un sistema que ellos mismos han contribuido a consolidar, cuya crisis ha acelerado la pandemia. La brecha en el ventaneo es una realidad y los períodos de exclusividad, que aseguraban un balón de oxígeno a las salas, comienzan a derrumbarse. Todos los agentes implicados se están viendo abocados a transitar hacia un nuevo modelo que, de momento, no anticipa un trasvase automático de beneficios.

La nueva realidad

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Es cierto que los estrenos 'on line' no están generando lo que se habría recaudado en salas. Pero dado que los cines están cerrados o con limitaciones de aforo y escasa oferta, y el digital goza de una salud extraordinaria, no hay más remedio que sentar las bases de lo que será la nueva realidad a medio plazo, sea provisional o definitiva. No sabemos cuántos estertores va a tener esta pandemia. Y las salas no deberían jugarse el futuro a la espera, a la confianza en la voluntad del espectador, a las ayudas públicas o a un sistema que vuelva a depositar la confianza en consolidar su dependencia de los estudios.

Las salas necesitan más que nunca crear un modelo distinto, financieramente sostenible. Esta es una oportunidad extraordinaria para darle espacio a aquel cine que, durante años, ha entrado con calzador, engullido por campañas de márketing masivas. Con el aforo y la oferta limitada, las salas no pueden vivir del espectador ocasional. Necesitan aprender lo mismo que ha aprendido el 'streaming' en estos años, que fidelizar es la clave, tanto como conocer los motivos que lleva al público a abandonar la comodidad de sus sofás para vivir la experiencia de ver una película en compañía de un puñado de extraños.

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