25 oct 2020

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ÓBITO

Muere Ana Portnoy, la mirada curiosa de los mecanismos del alma

La fotógrafa argentina, radicada en Barcelona desde 1977, fallece a los 69 años

Elena Hevia

Una imagen de la fotógrafa Ana Portnoy. 

Una imagen de la fotógrafa Ana Portnoy. 

Portnoy quiere decir en ruso ‘hombre que cose’ y no solo es el apellido del héroe Philip Roth, lo es también de Ana, Ana Portnoy, la fotógrafa argentina y barcelonesa de adopción, cuya cámara captó a un sinfín de escritores. Portnoy, que fue colaboradora de EL PERIÓDICO DE CATALUNYA, en los años 80 y primeros de los 90, ha muerto este viernes en Barcelona a los 69 años, víctima de un cáncer. 

Le gustaban los niños y los autores y de ambos sacó lo mejor en sus imágenes. Los niños no tienen secretos pero los escritores suelen esconderse o mostrar rostros que no son exactamente los suyos. Ella, con su simpatía y sencillez desarmante, conseguía que los autores bajaran todos los escudos  protectores. Tenía sus trucos:  a más de uno le pidió que mientras posaba pensara en lo que más le gustaba en la vida, pero en realidad era su presencia, su tranquilidad y eficiencia artesanas, como de ‘mujer que cose’, la que lo lograba.  Por su cámara pasaron Juan Marsé (el más reacio a dejarse fotografiar), Cristina Fallarás, Andreu Martín, Ian Rankin, Maruja Torres, Rosa Ribas, Petros Márkaris, Carlos Zanón, Willy Uribe, autores de todo tipo pero especialmente de novela negra, vinculados a su visita a la librería Negra y Criminal, ya que era buena amiga de Paco Camarasa y Montse Clavé. En el 2014, BCNegra recogió su trabajo en la exposición ‘Un disparo al autor’, que próximamente se convertirá en un libro, y que supuso en su momento el reconocimiento ciudadano a la fotógrafa.  

Ciudad bulliciosa 

Con 26 años, Anna Portnoy llegó de Buenos Aires a  la Barcelona de 1977 y se adaptó  muy pronto a la efervescencia cultural que vivía la ciudad. Como tantos argentinos, huyó  de la dictadura, pero ella, con una niña de tres años y otro recién nacido, en Brasil, en plena huida de su país. En la ciudad, por la que declaró sentir un amor a primera vista, se relacionó con los fotógrafos Elena Schlesinger y Carlos Bosch,  que fueron sus maestros. 
Desde 1988 y hasta 1992, realizó reportajes de tema social para 'El Dominical' de este diario y paralelamente por aquellas fechas también tomó como referencia el trabajo  del gran Humberto Rivas, aunque ella no cultivó nunca la fotografía de estudio característica del artista. 

 En una reciente entrevista en la web de La Charca Literaria, definía así su vocación : “Si no me comunicara me moriría. Para mí la fotografía es la posibilidad de explorar otros mundos, de formar parte del paisaje humano por unos momentos y acotarlo. Soy curiosa de los mecanismos del alma. Hacer un retrato es un momento de encuentro, un momento íntimo de comunicación”. 

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