28 mar 2020

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HOTEL CADOGAN (17)

Pasternak, fuego en el hielo

Olga Merino

Una imagen de la película ’Doctor Zhivago’ de David Lean. 

Una imagen de la película ’Doctor Zhivago’ de David Lean. 

Anoche el vendaval destrozó las vidrieras emplomadas, y el vestíbulo se nos llenó de un frío absoluto, tiránico, que esculpió estalactitas de hielo en los artesonados. Tan solo rompían el silencio los crujidos del parquet bajo el peso de las botas soviéticas. El helor, en sus distintas facetas, obligó a las chicas del servicio a cambiar las cofias almidonadas por gorros de astracán, y al señor Stevens, el jefe de mayordomos del hotel, se le congeló el bigote victoriano, lo mismo que a Omar Sharif en Doctor Zhivago. De fondo sonaba la canción de Lara con su lamento de balalaikas. ¡Qué hermosa la película de David Lean! Y qué inolvidable la secuencia en que el médico poeta sube al desván helado, araña la escarcha de la ventana y, desesperado, quiebra el cristal a golpes de aldaba solo por ver a su amada, la enfermera Lara, alejarse para siempre, perdida en el punto de fuga del horizonte.

Viene la historia a cuento porque Seix Barral acaba de publicar ‘Los secretos que guardamos’, un relato de Lara Prescott sobre las peripecias para publicar ‘Doctor Zhivago’ (1957), la inmensa novela de Borís Pasternak, cuyo manuscrito salió de la URSS envuelto en el pijama de un emisariodel editor Feltrinelli. Como no las tenía todas consigo cuando recibió aquella extraña visita en su dacha de Peredélkino, Pasternak se despidió del emisario italiano con un funesto presagio: “Están invitados a mi ejecución”. No fue así (del todo): aun cuando Occidente premió a Pasternak con un Nobel cargado de polémica, el autor sufrió el ostracismo en la Unión Soviética hasta su muerte, en 1960.

'Los secretos que guardamos' narra las peripecias del manuscrito original de 'Doctor Zhivago' 

En este punto, el amable lector permitirá una veleidad: aquí, en el Hotel Cadogan, cuyas paredes son tan tremendamente arrebatadas, conservamos en la biblioteca, en la balda de honor, un ejemplar de otro libro hoy ya casi en el olvido: ‘Rehén de la eternidad’. Está firmado de puño y letra de su autora, Olga Ivínskaya, amante y compañera de Pasternak hasta el fin de sus días, la mujer que inspiró el personaje de Lara. Ellos fueron los protagonistas reales de una pasión que nunca encontró techo bajo el que cobijarse. Se amaron a contracorriente, fieles al salvoconducto vital en el que creía el escritor ruso: “Esperar y actuar, esto es lo que debemos hacer siempre en medio del infortunio”. La desesperación, jamás.  

        

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