30 mar 2020

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70ª EDICIÓN DE LA BERLINALE

El 'Pinocho' de Garrone: para todas las edades, o para ninguna

El director italiano sitúa su versión en un espacio indeterminado entre el oscuro cuento original de Collodi o el azucarado clásico de Disney

Nando Salvà

Roberto Benigni, Federico Ielapi y Matteo Garrone, tras la presentación de ’Pinocho’ en Berlín

Roberto Benigni, Federico Ielapi y Matteo Garrone, tras la presentación de ’Pinocho’ en Berlín / AP / MARKUS SCHREIBER

Es de sobra conocida la vieja costumbre de Disney de tomar cuentos populares oscuros y retorcidos y convertirlos en edulcoradas narraciones de final feliz. 'La bella durmiente' (1959), por ejemplo, se basa en una historia en la que un rey casado encuentra una chica dormida y, como no puede despertarla, la viola. Y algo parecido sucede con 'Pinocho' (1940), la versión más famosa del relato escrito por Carlo Collodi entre 1881 y 1882. En realidad, Collodi detestaba a los niños. Todos los que aparecen retratados en Las aventuras de Pinocho son ignorantes, desobedientes, codiciosos y sucios, y ninguno tanto como el del título. En sus páginas, sin ir más lejos, el chaval de madera mata a Pepito Grillo. Lo hace sin querer, es cierto, pero en ningún momento posterior de la novela muestra arrepentimiento por ello.

Pepito Grillo no moría en la película de Disney. Y tampoco lo hace en la adaptación del cuento que el italiano Matteo Garrone ha estrenado hoy en la Berlinale, fuera de competición. La nueva película del director de 'Gomorra' y 'Dogman' da muestras de no saber muy bien si prefiere parecerse al clásico del cine animado -cuya moraleja es que, si te portas bien y haces caso a tu conciencia, obtendrás la salvación- o al original de Collodi -cuya moraleja es que, si te portas mal y no haces caso a los adultos, sufrirás todo tipo de castigos terribles-. Y, situada en un espacio indeterminado entre ambas, no se la nota especialmente cómoda.

La historia empieza cuando Geppetto, un carpintero solitario y muerto de hambre, decide tallar un muñeco con forma de niño. El tronco de madera con el que trabaja ya ha demostrado propiedades extrañamente animadas y, inmediatamente, el títere cobra vida. El pequeño Pinocho es travieso y desobediente, y en lugar de ir a la escuela se cuela en un espectáculo de marionetas ambulante, donde es secuestrado. Y, mientras Geppetto trata de dar con él, el  niño de madera se ve envuelto en una sucesión de desventuras.

Un fotograma de 'Pinocho', de Mateo Garrone.

Se supone que la relación entre padre e hijo y la distancia que los separa proporciona el nutriente dramático al viaje pero, a decir verdad, la conexión entre ambos nunca llega a tomar forma pese a lo mucho que Roberto Benigni se esfuerza por comunicar el amor paterno que su personaje siente por su creación -“soy el único actor del mundo que ha sido Pinocho y además Geppetto”, comentaba hoy ante la prensa el actor italiano en referencia a 'Pinocho' (2002), que dirigió y protagonizó y de la que, cuanto menos se diga, mejor-. A esa falta de empaque emocional contribuye la decisión de Garrone de no prestar especial atención al deseo del muñeco de ser un niño real, que daba cohesión narrativa a la película de Disney; como consecuencia, la película se resiente de una estructura excesivamente episódica.  

Esquizofrenia tonal

En todo caso, decimos, lo más llamativo de Pinocho es su esquizofrenia tonal o, dicho de otro modo, voluntad de ser a la vez un cuento para niños y uno para adultos. Aspira a funcionar como fábula poblada por hadas mágicas y animales antropomorfos pero también como fresco realista de la Italia rural del siglo XIX, azotada por el hambre y la pobreza. Asimismo, trata de atemperar la crueldad descrita con detalle en el texto de Collodi, pero eso no impide que veamos a Pinocho siendo ahorcado, robado, secuestrado, azotado, enjaulado, golpeado en la cabeza, quemado, convertido en burro de forma grotesca y lanzado al mar con una piedra gigantesca atada al cuello y sometido a varias formas de tortura psicológica.

Y, aunque Garrone parece esforzarse por escenificar la mayoría de esos tormentos atenuando al máximo su capacidad perturbadora -ninguno de ellos resulta tan aterrador como las escenas más memorables de El cuento de los cuentos (2015), la anterior incursión del director en el mundo de las fantasías populares-, en última instancia la película muestra un potencial innegable para arruinar la infancia de algunos de sus espectadores de menos edad.

'Undine', opaca e hipnótica

Primera de las dos aspirantes al Oso de Oro presentadas hoy, 'Undine' es asimismo la cuarta de las películas de Christian Petzold que compite en este certamen. En ella, basándose en un mito germánico -sobre una ninfa que se enamora de un caballero y que, tras ser traicionada por él, le lanza una maldición-, el director alemán ofrece una historia de amor que recuerda a Romeo y Julieta y La forma del agua, conecta de un modo difícilmente explicable con la historia del desarrollo urbanístico de Berlín y, en general, resulta tan opaca como hipnótica; mucho más interesante, en todo caso, que la otra cinta a competición de la jornada, el plomizo folletín brasileño 'Todos os mortos'.

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