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Crónica teatral

La Rodoreda más simbolista

Joan Ollé supera el reto de llevar a escena la novela `La mort i la primavera', la más extraña de la gran narradora

José Carlos Sorribes

Francesc Colomer y Sara Morera, en una escena de ’La mort i la primavera’, en la Sala Petita del TNC.

Francesc Colomer y Sara Morera, en una escena de ’La mort i la primavera’, en la Sala Petita del TNC. / TNC / MAY ZIRCUS

Novela inacabada, publicada tras su muerte, y que su propia autora definió como «muy buena», 'La mort i la primavera' es un punto de fuga en la escritura de Mercè Rodoreda. Plena de simbolismos, nada tiene que ver con el realismo de las conocidas 'La plaça del diamant', 'Aloma' y 'Mirall trencat'. Porque esta obra póstuma tiene un lirismo inabarcable como reflejo de un universo angustioso. De ahí que no son pocos los estudiosos que ven reflejado en ella el clima de la posguerra, o las vivencias de su autora, junto a su amante y compañero de exilio, el también escritor Armand Obiols, en la Francia ocupada por los nazis.

A ese caudaloso material narrativo se ha enfrentado Joan Ollé, con su versión teatral en la Sala Petita del TNC. El veterano director es un experto en llevar a la escena materiales no teatrales, como ya hizo antes con su versión de 'La plaça del diamant', con Lolita como Colometa, y bastante antes con un magnífico 'Coral romput', a partir de la poesía de Vicent Andrés Estellés. Aquí, como no podía ser de otra manera, Ollé da vía libre a las palabras de un texto tan extraño como poderoso. Narra un mundo primitivo con un pueblo sin nombre como escenario en el que se da rienda suelta a ritos y costumbres de crueldad sobrecogedora. Por ejemplo, que los muertos sean enterrados con cemento en la boca para que no escape su alma. O que el río subterráneo que lo atraviesa sea una fuerza destructora.

Francesc Colomer, el niño de ‘Pa negre’, saca adelante un exigente debut teatral en una obra tenebrosa

Todo en la propuesta de Ollé se rinde a ese entorno abrupto, salvaje. Lo hace con un espacio oscuro –con grandes columnas y unos murales magnéticos– y una iluminación tenebrosa, acorde con el espacio sonoro y el vestuario de los intérpretes, unos sayos raídos y poco más en la mayoría de ellos. La obra va de menos a más porque en su arranque la oralidad y el estatismo ponen a prueba al espectador. Luego recobra vuelo y vigor con un excelente elenco en el que conviven veteranos y noveles.

Joan Anguera, Pepo Blasco y Rosa Renom –como una narradora que es la propia Rodoreda– comparten escena con la energía y garra juvenil de Francesc Colomer, Sara Morera y Roger Vilà. El primero fue el niño de 'Pa negre 'y tiene un prometedor y exigente debut teatral como el adolescente protagonista. Con su voz ronca y mirada perdida, supera la prueba con nota.