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CRÓNICA TEATRAL

La 'fórmula Manrique' no falla

La comedia victoriana 'L'habitació del costat' conquista La Villarroel con una afinada dirección y un reparto infalible

José Carlos Sorribes

Adeline Flaun, Mireia Aixalà, Ivan Benet y Carlota Olcina (de espaldas), en una escena de ’L’habitació del costat’.

Adeline Flaun, Mireia Aixalà, Ivan Benet y Carlota Olcina (de espaldas), en una escena de ’L’habitació del costat’. / FELIPE MENA

La ‘fórmula Manrique’ se ha apuntalado con éxito en el teatro catalán a lo largo de la última década. Primero por libre, con su debut en la dirección con 'Els boscos' y 'American Buffalo', sendas obras de David Mamet. Y en los últimos años al frente de la compañía La Brutal, junto a su socio David Selvas. Julio Manrique es siempre un valor seguro, o casi, porque en el teatro no hay certezas de éxito. Tanto si actúa como si dirige, como hace ahora con 'La habitació del costat', que estrena en La Villarroel.

La pieza de la dramaturga norteamericana Sarah Ruhl responde a las etiquetas que suelen marcar la fórmula del teatro de Manrique: obras contemporáneas empaquetadas de forma lustrosa y académica. Es el caso de esta comedia del 2009, de aire victoriano, ambientada en la segunda mitad del XIX en las afueras de Nueva York. Tiempos de cambio de valores y de progreso científico, en este caso manifestado en la consulta de un médico que experimenta con el uso de un vibrador. Que en aquellos tiempos se asemejaba, al parecer, a un secador de pelo. Era el instrumento para tratar la histeria femenina... un eufemismo en toda regla.

Una pieza con formato de vodevil

El ginecólogo doctor Givings (Ivan Benet) es el especialista. Pasa consulta en casa, en una habitación-refugio al lado del salón, junto a su enfermera/comadrona (Alba Florejachs). Su mujer Catherine (Carlota Olcina) acaba de tener un bebé y debe buscar una dida (Adeline Flaun) para amamantarlo. Sabrina Daldry (Mireia Aixalà), la primera paciente, llega a la consulta desesperada, junto a su tosco marido (Xavi Ricart). Un joven artista bohemio (Pol López), afectado de desamor, también seguirá la terapia del vibrador.

No faltan en la pieza frases con vuelo poético, junto a diálogos y situaciones chispeantes de comicidad

El cuadro avanza siempre a buena velocidad en una pieza ligera, que no lo es tanto. Porque no faltan frases con vuelo poético y carga de profundidad junto a diálogos y situaciones chispeantes. Son las propias de un montaje con formato de vodevil, con continuas entradas y salidas, y en la que tampoco falta un azucarado romanticismo de cierre. Y es, por supuesto, una comedia que precisa intérpretes como los que dirige Manrique de forma afinada para un montaje en la que ellas llevan la voz cantante.

Carla Olcina es una garantía para cualquier director y cautiva por su entusiasmo contagioso y el dinamismo que otorga a la volcánica e insatisfecha Catherine. Mireia Aixalà no se queda atrás y sus sesiones de vibrador son memorables por su comicidad. Alba Florejachs, mientras, apenas habla pero lo dice todo en un trabajo preciso y sin artificio. Adeline Flaun también da el tono como la dida negra en un mundo de alta sociedad.

Que ellos bailen al son de ellas no es incompatible con que Ivan Benet cuaje un trabajo redondo y matizado como el doctor incapaz de ver a la mujer 'enferma' que tiene en casa. O que Pol López se lleve, como siempre, todos los focos cuando aparece, o que Xavi Ricart vuelva a dejar otra muestra de su condición de sólido actor comodín. Todos se mueven a sus anchas y eso que no lo tienen fácil en una escenografía realmente estrecha por la disposición del público a dos bandas en La Villarroel.