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crónica de concierto

Paul Lewis reivindica el piano de Haydn

El as británico del teclado ofreció un concierto de excelente factura en el Palau de la Música

Manel Cereijo

Paul Lewis.

Paul Lewis. / JOSEP MOLINA

Un Palau de la Música Catalana a medio gas, pero con entusiasmo, recibía el jueves al pianista británico Paul Lewis -sustituía a Murray Perahia-, un as del teclado que ofreció un concierto de excelente factura recreándose sobre todo en dos sonatas de Haydn, un autor que no solo ayudó a construir el universo de la sinfonía y del cuarteto de cuerda -amplia y justamente reconocido en esas materias-, sino también el de la lírica y el de las sonatas para piano, de las que compuso 62. Lewis lo reivindica y defiende con uñas y dientes; el compositor austríaco, sin llegar a ser nunca un virtuoso del teclado -sí lo fue del violín- dejó un maravilloso legado en el terreno pianístico, con obras cargadas de originalidad, profundidad y humor.

Lo cierto es que en su regreso al Palau el pianista inglés sacó a relucir todo eso y mucho más impregnando de carácter y personalidad tanto la 'Sonata en Do menor, Hob. XVI: 20' como la 'Sonata en Mi bemol mayor, Hob. XVI: 52'. En la primera hizo gala de un gran lirismo en el 'moderato' así como de una gran introspección en su versión del 'finale'. La segunda pieza de Haydn, con la que cerró el concierto, fue ejecutada con gran precisión y pulcritud; en un discurso mucho más denso Lewis acentuó un mar de cromatismos y acentos, sumergiéndose en todo el drama y la fuerza que, sobre todo, desprendió del 'finale'.

Antes, y con el mismo nivel impecable, Lewis se había entregado a dos compositores que bebieron de Haydn. De Beethoven, que durante dos años estudió con el compositor clásico, se pudo escuchar unas personalísimas 'Siete Bagatelas, Op. 33', correspondientes a su primera etapa creativa y muy ligadas al clasicismo; fueron desgranadas con gran destreza, acentuando su virtuosismo. La velada había empezado con las 'Siete fantasías, Op 116' de Brahms -que tanto admiró a Haydn Beethoven-, pequeñas joyas de gran dificultad técnica que cristalizan mil atmósferas que Paul Lewis supo dibujar algunas hasta con mimo y otras con todo el temperamento requerido.