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INVESTIGACIÓN ARQUEOLÓGCIA

Venus, el terror de los mayas

El Instituto Nacional de Antropología de México autentifica el códice más antiguo de la cultura mesoamericana, un almanaque para controlar al temido planeta

Natàlia Farré

Un fragemento del Códice Maya de México.

Un fragemento del Códice Maya de México.

Para los mayas Venus no era sinónimo de amor. Todo lo contrario. Era el peligro. Le temían. Los antiguos pueblos de Mesoamérica estaban convencidos que el planeta era el causante de todos sus males. Sus rayos eran lanzas o dardos. Y con su mordida, capaz de acabar con el Sol y la Luna. Tenían terror a los eclipses, culpa de Venus, por supuesto. Así, que para tenerlo controlado creaban calendarios para saber cuándo iba a aparecer como estrella matutina o vespertina y poderle ofrendar lo que se terciara. Los sacrificios necesarios para mantenerlo contento y evitar de esta manera que hiciera daño a la Tierra, al Sol o a la Luna, estos dos últimos, símbolos de vida y del renacimiento diario. De estos almanaques adivinatorios venusianos se conservan cuatro, el último, el más antiguo de todos, recientemente autentificado, y más recientemente, el lunes, presentado en Barcelona en el Museu d’Arqueologia. No el códice, que se guarda bajo llave en la Biblioteca Nacional de México, sino la investigación.

Es el Códice maya de México, antes conocido como Códice Grolier. Esto es así porque históricamente estos legajos han tomado como denominación el lugar donde se conservan. Así que si el que nos ocupa está ahora en México, para qué seguir conservando el apellido Grolier. Un nombre que le vino dado por el sitio donde se expuso por primera vez: en 1971 en el Club Grolier de Nueva York.  Ahí llegó de la mano del arqueólogo norteamericano Michael Coe, quien estaba seguro de su autenticidad, para ser expuesto y restaurado.

Saqueado en una cueva de Chiapas

La restauración era fruto del interés de su dueño, Josué Sáenz,  por venderlo. El coleccionista mexicano lo compró en 1964 a un grupo de saqueadores. Se supone, pero no está probado, que estos lo encontraron y extrajeron ilegalmente de una cueva de la sierra de Chiapas. Y a partir de aquí empezaron las discusiones sobre su veracidad o no. Si Coe no dudaba de su autenticidad, otro grupo de estudiosos, liderados por el inglés Eric Thompson, no dudaban de su falsedad: esgrimían que se había realizado a mediados del siglo XX con papel arqueológico. Los motivos para defender la teoría eran básicamente tres: el desconocimiento de su exacta procedencia, la falta de la presencia de azul maya en el manuscrito (un pigmento utilizado principalmente por culturas mesoamericanas que está hecho de arcilla paligorskita e índigo) y su deterioro, que afirmaban era artificial. La comunidad científica mantuvo esta discusión durante cinco décadas, hasta el 2017 en que el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) de México emprendió un ambicioso proyecto de estudio. Antes, conviene aclarar que Sáenz no llegó a vender el códice y que de EEUU volvió repatriado a México. para acabar en manos del Gobierno en 1974.

El INAH ha realizado su investigación científica sobre el material, con todas aquella tecnología susceptible de ser usada en la actualidad (infrarrojos, ultravioletas, espectrometría…), y el estudio sobre los rituales del calendario maya con un resultado que "confirma que toda la información que contiene es congruente y no forma parte de una falsificación  moderna. Es un documento auténtico comprobado por métodos científicos, y no hay duda de que la época de su manufactura es alrededor del año 1129". Palabra de Sofía Martínez del Campo, coordinadora del proyecto.

Azul índigo y cochinilla grana

La datación no es solo importante porque lo convierte en el más antiguo sino también porque lo sitúa en el periodo posclásico temprano de la cultura maya. El menos estudiado de las culturas mesoamericanas y el que más generas duda. De ahí la, también, la teoría falsa de la falsificación. Las nuevas tecnologías, y el hecho de encontrar azul maya y restos de restos de grana cochinilla (un insecto extraído del nopal del que se obtiene un color rojo carmesí) confirman su autenticidad.