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HISTORIA DEL CÓMIC

Los humillados padres del octogenario Superman

En el 80 aniversario del superhéroe, un cómic reivindica a sus creadores, Joe Shuster y Jerry Siegel

El dibujante y el guionista vendieron en 1938 los derechos del personaje por 130 dólares a National Publications, hoy DC Comics

Anna Abella

Fragmento de la portada de Joe Shuster. Una historia a la sombra de Superman, con el dibujante y las piernas del superhéroe tras la ventana. 

Fragmento de la portada de Joe Shuster. Una historia a la sombra de Superman, con el dibujante y las piernas del superhéroe tras la ventana.  / VOLOJ / CAMPI

Superman no nació exactamente en Krypton. Aquel personaje que dio nombre al cómic de superhéroes fue alumbrado en Cleveland, acaba de hacer ahora 80 años, en el primer número de ‘Action Comics’, de junio de 1938 (que en realidad salió un par de meses antes, pero así envejecía menos en los quioscos...). En esa ciudad estadounidense, dos amigos del instituto, hijos de inmigrantes judíos, Jerry Siegel (1914-1996) y Joe Shuster (1914-1992), fueron los tenaces padres de aquella hasta entonces insólita criatura con superpoderes llegada del espacio exterior y quienes, tras sumar rechazo tras rechazo, por fin firmaron el contrato que marcó sus vidas. Mientras que con él, su editorial, entonces National Publications (hoy DC Comics), blindaba para sí al héroe de los huevos de oro durante décadas y hasta la actualidad, para aquel guionista y aquel dibujante significó un cheque de 130 dólares por el que vendían el cómic y “el derecho exclusivo de uso de los personajes y la historia” a la empresa editora, que desde aquel día pasaba a “poseer y conservar para siempre” en “exclusiva propiedad” a Superman. 

“Ya iba siendo hora de que esta historia de unos creadores luchando contra grandes empresarios abusivos se contase en forma de cómic”, señala Julian Voloj, guionista alemán afincado en Nueva York, en el epílogo de ‘Joe Shuster. Una historia a la sombra de Superman’ (Dibbuks), donde la logrado “brindar póstumamente al dibujante una voz que pocas veces tuvo”. Lo hace en un relato cuyas primeras viñetas le presentan al lector en 1974: Shuster está tirado en un banco de un parque donde un policía le encuentra desfallecido tras una semana en la calle sin comer porque no quiere ser una carga para su hermana, con la que vive. Mientras, “unos hombres de negocios sin escrúpulos” se lucraban con millones de dólares gracias al mito que habían creado, lamenta Voloj.       
 
El alemán accedió a hemerotecas y actas judiciales de los litigios por los derechos que Siegel y Shuster mantuvieron con National, entrevistó a expertos y rastreó “la desesperación en los manuscritos” del dibujante, quien al año de publicarse Superman empezó a tener problemas de vista y un transtorno que le paralizaba la mano derecha, con lo que acabó pagando de su bolsillo a otros para que dibujaran al superhéroe. Voloj leyó el “relato desgarrador” de un Shuster ya maduro sobre “las facturas médicas impagadas, el miedo al desahucio, las súplicas de ayuda económica a amigos”. Y, con las imágenes de las pinturas de Edward Hooper en la cabeza, halló a miles de kilómetros al dibujante ideal, el italiano afincado en Australia Thomas Campi, para un proyecto que tras ser lanzado este año en Estados Unidos se publica casi simultáneamente en siete países más.  

Viñeta del cómic, con Shuster al teléfono / VOLOJ - CAMPI

El cómic, que Dibbuks ha enriquecido con notas, un ‘quién es quién’ y un escrito de Voloj, sigue los pasos del tímido Shuster, y a través de él los del más inquieto Siegel. Las escenas, basadas en hechos reales, dibujan cómo Superman bebe de ellos: a ambos les gustaba la ciencia ficción y las revistas ‘pulp’ (en especial ‘Amazing Stories’), colaboraban en el periódico del instituto, donde Siegel sufría ‘bullying’, quizá deseando tener superpoderes para defenderse, y le gustaba una estudiante muy guapa, llamada Lois, que nunca se dignó mirarle, igual que Lois Lane no ve quién es en realidad Clark Kent

Inspirado en El Zorro

de una noche insomnio de Siegel nació “algo nuevo”, distinto de Buck Rogers y Flash Gordon, un superhéroe con superpoderes que lucha contra el crimen en una ciudad contemporánea a la de sus creadores, que tiene una identidad secreta como El Zorro pero sin máscara y con unas gafas inspiradas en Harold Lloyd. Por la mañana se lo cuenta a Shuster y este se pone manos a la obra. Pasan cuatro años sin que nadie se interese por Superman. Hasta que entusiasma a Sheldon Mayer, uno de los primeros empleados de National, que recomendó su publicación antes de dejar la compañía. 

Y ahí, aquellos “dos héroes trágicos”, como los llama Voloj, dejaron ingenuamente su creación en “manos de hombres de negocios sin escrúpulos”. El nuevo dueño de National, Harry Donenfeld, con antiguos lazos mafiosos, tenía una indiscutible visión comercial para rentabilizar al máximo aquel mito que empezó a serlo desde el primer número de ‘Action Comics’, con Superman levantando un coche en la portada, que vendió 130.000 ejemplares. El quinto, 197.000; y los niños ya pedían en el quiosco “el cómic de Superman”. Del primero con título propio vendieron medio millón. Siegel y Shuster, ya conscientes del gran error cometido al haber vendido los derechos, protestan. Y National les contenta con un acuerdo bien pagado por 10 años haciendo Superman en historietas y tiras para prensa (saldrá en cientos de periódicos y 90 dominicales).     

Transcurrida la década, y temiendo que prescindan de ellos, Siegel convence a Shuster y demandan a National. Pierden, los despiden y llegan las deudas. La caída a los infiernos es especialmente dura para el dibujante, cuya salud empeora (un ataque al corazón, visión borrosa, vértigos). Se ve obligado a dibujar anónimamente historietas sadomaso (hasta que unos delincuentes de Brooklyn se inspiran en ellas para torturar y matar a gente al azar y el editor acaba en prisión). Otro empleo de mensajería le cuesta una humillación más cuando debe entregar un paquete en el edificio de National. Lo reconocen y el socio de Donenfeld, Jack Liebowitz, le da 100 dólares para que busque un trabajo “más sensato”.  

Shuster dibujando, ante la mirada de Siegel / VOLOJ - CAMPI

Maldición, rabia y frustración 

Por entonces, Donenfeld había empleado a Siegel, que tampoco se libró de la humillación: no firmaba los guiones y tuvo que oír que se iba a “limpiar el culo con su manuscrito”. En 1963, su intención de volver a demandar a National le cuesta un nuevo despido. En 1975, con 61 años, 37 después de parir a Superman y tras el anuncio de la futura primera película de Christopher Reeve, Siegel estalla y la maldice, volcando toda su rabia y frustración en un durísimo comunicado público (que el libro reproduce) donde denuncia cómo National les ha “desvalijado sin piedad en nombre de su egoísta enriquecimiento” y cómo han sido “víctimas de hombres malvados”, deseosos de abandonarlos en su “vejez” pese a que su “creación, Superman, haya hecho y siga haciendo millones para ellos”. 

El mundo del cómic despierta, les invitan a la Comic Con de San Diego, todos quieren oír su historia y el sindicato de autores les consigue una pensión vitalicia. Por fin, cuando se estrene la película de la Warner, verán sus nombres en los créditos. 

Próximas novedades del Hombre de Acero en DC

En Estados Unidos DC Comics ha recordado los 80 años de Superman con dos títulos que llegarán a España en noviembre publicados por ECC Ediciones. ‘Superman. Action Comics núm. 1.000’, que celebra el millar de entregas de la serie más longeva de superhéroes, en la que nació el héroe de Kripton, y le rinde homenaje con autores estrella de hoy; y ‘Action Comics. 80 años de Superman’, un volumen recopilatorio de las mejores historietas del superhéroe.


‘El Hombre de Acero’, primera historieta de Superman en manos de Brian Michael Bendis, que hace unos meses dejaba Marvel como fichaje estrella de DC, llegará en enero del 2019. 

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