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ENTREVISTA

John Adams: "Vivimos una deificación del pop"

El famoso compositor estadounidense debuta en Catalunya dirigiendo en el Palau de la Música un concierto monográfico sobre su obra con la OBC, el Attaca Quartet y los coros del auditorio modernista

Marta Cervera

John Adams, en el Palau de la Música.

John Adams, en el Palau de la Música. / RICARD FADRIQUE

John Adams (Worcester, Massachusetts, 1947), uno de los referentes de la música posminimalista de EEUU, debuta en Catalunya este fin de semana. El sábado dirigirá a la OBC, el Orfeó Català, el Cor de Cambra, el Cor Jove y el Attaca Quartet, conjunto neoyorquino especializado en su obra, con un programa monográfico con dos piezas emblemáticas como 'Harmonium' (1980) y 'Short ride in a fast machine' (1986) y una obra más reciente, 'Absolute Jest' (2012). El domingo Attaca Quartet destilará una selección de su música de cámara.

¿Qué supone celebrar su 70º aniversario con estos conciertos en el Palau de la Música? Vivo en Berkeley, California, la comunidad más liberal de EEUU. A través de un libro sobre la guerra civil me sorprendió descubrir lo radical y de izquierdas que llegó a ser Barcelona en los años 30. Nunca fui stalinista pero en seguida sentí empatía con la ciudad. Cuando me invitaron, no me lo pensé dos veces.

Y, ¿qué le parece ahora que ha podido disfrutar de ella unos días en los ratos libres que le dejan los ensayos? Me encanta el ambiente de Barcelona. Caminando por la noche ves a la gente en la calle hablando. Hoy en día muchas ciudades están dañadas por grandes corporaciones y edificios horrorosos. Seguro que de eso también hay aquí pero la parte vieja de la ciudad me dio muy buenas sensaciones.

En EEUU apenas hay vida en el centro de las ciudades… Eso está empezando a cambiar. Los jóvenes empiezan a darse cuenta que es divertido vivir en la ciudad si el ambiente es bueno. Es decir, si hay cafés en las calles y tiendas. Sin eso, no puedes tener una comunidad.

"La música contemporánea se había alejado de todo lo que la rodeaba y por eso nadie la escuchaba, excepto los compositores"

Lleva toda la vida componiendo, desde los 10 años. ¿Hasta qué punto uno es libre a la hora de crear? En teoría puedes hacer lo que quieras pero claro, uno responde a la presión social. Mi etapa universitaria (en Harvard) coincidió con la máxima etapa de modernidad en la música: cuando compositores como Pierre Boulez decían qué estaba bien y qué no.

Aquella no fue su mejor época. Es que aún recuerdo estar en clase escuchando esa disonante y compleja música y después ir a mi habitación y escuchar con mis compañeros a Jimi Hendrix. Algo fallaba. La música contemporánea se había alejado en extremo de todo lo que la rodeaba, se había vuelto demasiado autoreferencial. Había un divorcio entre ella y el resto del mundo y por eso nadie la escuchaba, excepto los compositores. Decidí liberarme de todo aquello. 

¿Se arrepiente? No podía hacer otra cosa. Pero a consecuencia de ello todavía hoy, en ciertos lugares de Europa, no se acepta mi música, ni la de Philip Glass tampoco. Consideran que la música norteamericana contemporánea no tiene la categoría de música seria, solo es entretenimiento.

¿Qué es la música para usted? Por encima de todo: el arte de comunicar sentimientos. También es intelectual, por supuesto. Las 'Variaciones Goldberg' nos dan una gran satisfacción intelectual pero la base de todo es tocar el corazón, hacer sentir algo con ella. Por eso todo el mundo necesita música porque expresa sentimientos, ya sea en forma de salsa, hip-hop, Beethoven…

¿Qué representó John Cage para usted? Tuvo una gran influencia en mí cuando era joven pero al final, creo que Cage era todo cabeza. No había sentimientos en su música. Él mismo admitió tener problemas a la hora de expresarlos, por eso optó por tomar sus decisiones creativas de forma aleatoria, utilizando el azar. Cage fue un gran filósofo y nos enseñó a ver la belleza que nos rodea pero su música carece de sentimiento.

"Mozart asumió toda su vida que su razón de ser era comunicar con la gente. Pero cuando yo era un joven estudiante ¡se consideraba vulgar hablar del público!"

Se ha superado ya esa brecha entre el público y la música contemporánea, ¿no cree? Digamos que empieza a superarse. Algo está cambiando. Empezó en América, salvando a Shostakovich y a los compositores soviéticos, claro. Todo empezó con el minimalismo. La gente ha olvidado lo profundamente chocantes que fueron las primeras obras de Glass [Philip], Reich [Steve] y Terry Riley. La siguiente generación se volvió lo que llamo 'hard as', pusieron el acento en todo lo más industrial, golpeando latas y bidones… Y ahora hay una nueva generación que llamo 'touchy feelin' porque tira demasiado del romanticismo. Pero lo que está claro es que ahora los compositores están más preocupados por comunicar con el público.

Ya era hora. Es que Mozart asumió toda su vida que esa era su razón de ser. Tenía que comunicar con la gente para que se escuchara su música. Pero cuando yo era un joven estudiante nadie discutía de estos temas. ¡Se consideraba vulgar hablar del público! Y en Europa todavía se nota la sombra alargada de Boulez en muchas instituciones.

Pero Boulez también evolucionó. Al final de su vida no era tan estricto. Nunca cambió su visión respecto a la música contemporánea. Lo irónico fue que siendo tan estricto intelectualmente quisiera dirigir después tanto Mahler. Eso es algo que no cuadra.

¿Dónde está esa fina línea que separa la música de verdad del entretenimiento? Todos los compositores se han empapado del folclore. Incluso algunos músicos de jazz se han pasado a la clásica y viceversa. En América los filtros son muy flexibles. Charles Ives llevó el ragtime a su música, Aaron Coplan introdujo elementos del jazz y la música folk. Leonard Bernstein, que ahora es tan popular, creó piezas tan fantásticas como 'West Side Story' con esa increíble mezcla de música puertoriqueña, latina y ritmos bop de los años 50 de Charlie Parker. Los americanos tenemos una lengua franca musical. Pero las cosas están cambiando.

¿Para bien o para mal? La toma de conciencia de la identidad se ha convertido en una obsesión en EEUU. La gente, incluso los académicos, se preguntan: '¿Por qué un hombre blanco como John Adams ha de utilizar influencias del rock? ¿No debería usar algo más elevado?' Hay un movimiento para descalificar lo que hago y aupar la música pop.

Este año el Pulitzer de la música, que usted obtuvo en el 2003, ha sido para Kendrick Lamar. Durante años fue otorgado a músicos clásicos, muchos de ellos no demasiado interesantes, por cierto. A todo el mundo le ha parecido bien que se lo dieran a un artista de hip-hop. En esencia, es toda una declaración de principios de quienes consideran que el Pulitzer ha sido hasta ahora una cosa de los privilegiados blancos que ocupan estructuras de poder.

"No tengo nada en contra de Kendrick Lamar. Lo que me alarma es que en EEUU la cultura pop es muy fuerte y, en su gran mayoría, está enfocada solo en hacer dinero"

No parece demasiado de acuerdo. No tengo nada en contra del reconocimiento a Lamar. Lo que me alarma es que en América la cultura pop es muy fuerte y, en su gran mayoría, está enfocada solo en hacer dinero. Es muy comercial. Temo que a este paso, incluso gente como Steve Reich, que es un compositor contemporáneo muy conocido, quede devaluado mientras persista esta tendencia. Vivimos la deificiación del pop.

Y no será porque no tengan sus propios premios estos artistas. Están los Grammy, los Nashville Country Awards… La mayor ironía es que cuando saco un disco, tal vez venda unos miles de copias. Mientras que su último álbum vendió 3,5 millones. Supongo que en todo esto influye esa tendencia de los americanos de valorar todo aquello que produce dinero. Y eso también influyó en las elecciones. Mucha gente votó a Trump porque es rico.

Hábleme de sus últimas obras ¿Qué prepara? Acabo de terminar un concierto de piano para Yuja Wang que dirigirá Gustavo Dudamel  con su orquesta de Los Ángeles. Dudamel ha dirigido casi toda mi obra, incluyendo dos estrenos mundiales. Le adoro. Es una magnífica persona y hace música muy difícil pero nadie lo dice porque cuando viaja como director invitado solo le piden piezas estándar del gran repertorio.

"Trump es un hombre sin alma. Nixon podía ser un corrupto pero tenía una visión. Trump es un sociópata total"

Ha escrito óperas como ‘Nixon en China’, ‘Doctor Atomic’ y 'The death of Klinghoffer'. ¿Cual ha sido su objetivo en este terreno? No tengo ningún objetivo social cuando escribo una ópera: elijo temas que me atraen. Por ejemplo, Nixon y Mao marcaron mi juventud pues yo tendría que haber ido a luchar a Vietnam. Nixon era un hombre de gran vanidad. Él tenía cierta visión sobre qué era lo correcto. No le utilicé para hacer una sátira aunque me divertí con Nixon y Mao. Su unión es cómica. En el caso de 'Doctor Atomic' plantea el debate de la tecnología y lo que representa para el ser humano. Es un símbolo de la nunca creciente necesidad material del ser humano, por una parte, y de la crisis moral que implica, por otro.  

¿Se podría hacer una ópera con Trump y Putin? Siempre me preguntan lo mismo. Dejé de leer las noticias hace un mes cuando mirando el 'New York Times', tan dignificado rotativo, vi que en una página de doce artículos seis hablaban de Trump. ¡Es como si viviéramos en un 'reality'! Constantemente hace cosas para mantenerse en la mente del público como hacen esos programas de televisión. ¡Y lo peor es que todos estamos pendientes de ello!      

O sea, que no habrá ópera sobre Trump. Es que es un hombre sin alma. Nixon era diferente, podía ser corrupto pero tenía una visión. Trump es un sociópata total. Es un hombre que solo tiene sentimientos por su propia familia que son una extensión de sí mismo. Es puro ego. Un horror.

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